La primer bicicleta que me compré en la vida, fue acá, en Costa Rica

Foto tomada de la página https://nibionline.com

Soy un ciclista natural, lo fui desde niño. Con esto no quiero confundirlos con términos competitivos, siempre fui un pedaleante que usó la bici con fines prácticos. Primero en la niñez para cubrir distancias largas y desplazarme. Más adelante para lo mismo, pero ya con la conciencia suficiente para disfrutar esa sensación de libertad y hacer ejercicio, mientras escudriñaba el entorno en 180 grados y un poquito más.

Sin embargo nunca me compré una bici, sí otras cosa como un automóvil, según fue necesario. ¿Porqué?.

Cuando era niño vivía en el campo, en las inmediaciones de un pequeño pueblo rural. Largas distancia sobre ese territorio excepcionalmente plano de la pampa hacían que la bici fuera un gran aliado. Pedalear hasta la escuela, hasta la plaza, la cancha de fútbol, la casa de un amigo; ir y venir cuantas veces fuera necesario en un mundo sin redes sociales, donde la presencia física era la más relevante y única manera de participar.

En esa época usé bicicletas familiares heredadas, bastante pesadas y desactualizadas, hasta que me compraron una bici de carrera, que eran las que estaban de moda por entonces. Un poco incomoda, pero veloz y rendidora para un chico de 11 años.

En mi adolescencia tuve una incursión por el motociclismo, que respondía a los mismos objetivos, potenciados por las torpes necesidades de la edad. Por suerte pasó rápido.

Cuando llegó el tiempo de la universidad pasé al autobús o colectivo, como le decimos en Argentina. Sin embargo casi al final de mi carrera volví a mirar la bici como medio de transporte. Ya muy habituado a la ciudad, le pedí prestada a mi padre una bici de mountain bike que él se había comprado cuando la fiebre de MTB se esparcía por el mundo. Era una bici muy buena que él ya no usaba y yo estaba en una época de transición, desde un lugar que no entendía a otro que desconocía, como suele pasarnos. La bici me ayudaba a transportarme con libertad y de manera económica, a mantenerme en forma.

Con esa bici conocí Córdoba de una manera totalmente diferente, solo o con amigos que se sumaban a paseos de fin de semana. Cubría algunos trayectos obligados, investigaba y me inventaba nuevos. La ciudad era totalmente distinta a la que yo había conocido, unida por secretos pasadizos, ocultos hilos urbanos que yo descubría en secreto. Pedalear, leer y avanzar con mi tesis eran mis actividades de entonces, pero sabía que eso era una pequeña etapa de mi vida y que pronto, de una forma u otra los cambios llegarían. Pedalear y leer, casi exclusivamente, son dos lujos en este mundo contemporáneo.

Desde que vivo en Costa Rica, más que de un chepecletas o un ocasional paseo en bici por las playas cercanas a puerto viejo no pasé. El tránsito me intimidó, la lluvia, el estilo de vida de bicho de ciudad, el ir venir del trabajo, que escasamente se puede hacer en carro y estoicamente en autobús.

Pero hace poco fui a una expo bici en la Aduana y vi una bici que me llamó mucho la atención, conversé con uno de los chicos del stand y me quedé con la idea de comprarla para paseos cercanos los fines de semana y festivos, cuando el tránsito disminuye. Dar unas vueltas por la UCR, ir cubriendo pequeños trayectos de mi barrio, descubrir el otro San José, que bastante he caminado pero que necesito las dos ruedas para poder recorrerlo cabalmente.

Me compré una Nibi porque me pareció una bici genial, diseñada por ticos, pensada para usarla en la sinuosa urbanidad tica. La bici tiene guardabarros para no mojarnos, cinco velocidades para afrontar cuestas y todo el sistema de cambios sellado, para que el agua y la humedad no dañen el mecanismo. Todos lo demás es clásico, incluido su diseño. Estoy casi seguro que mi hija Julia la llegará usar, como yo usé la de mi madre o mi abuela allá en el campo.

Pero también la compré por otra razón, sin la cual no estoy muy seguro haberla comprado; digo cuando el objeto de compra tiene un significado que trasciende el objeto en sí, como es mi caso con esta bici.

Las dos veces que me puse en contacto con la empresa, la primera en la feria y la segunda por mail, me atendieron sus dueños; no importa que fueran los dueños o no, lo que importa es que son tipos que aman las bicis y entienden muy bien por lo que otro tipo como ellos puede querer una. Tanto que me ofrecieron un test drive que acordamos en la UCR, y esa primer vuelta que me di después de tanto tiempo seguro se me queda grabada, con una bici medio parecida a las primeras que yo he usado, con la misma facilidad que siempre tuve para pedalear, como si fuera yo en todas las épocas de mi vida: un niño, un adulto, un viejo. Porque andar en bici es de esas cosas que no tienen tiempo, fecha ni edad, andar en bici solo se explica haciéndolo, y una vez que se aprende no se puede olvidar.

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Coca-Cola Journey: Un año lleno de historias para contar

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Cada vez que hacemos un viaje volvemos repletos de historias para contar. Hace un año nos lanzamos en esta aventura de conectar a la compañía con la gente, y las historias se multiplicaron en el viaje.

Coca-Cola Journey resultó ser mucho más que una revista digital sobre lo que hace la Compañía en la región y el mundo, fue el punto de encuentro de 10 países y las historias de su gente. Una montaña en San Pedro Sula con una cartel gigante de Coca-Cola y cientos de fotos compartidas por las personas que suben hasta él, cómo se formó el Club de Coleccionistas en Colombia, qué coleccionan y por qué, el plato preferido de los salvadoreños y sus fiestas nacionales o cómo se vive el antes, el durante y el después de un festival de rock en Costa Rica.

Lee la nota completa de nuestro primer año de trabajo en Coca-Cola Journey.

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La Liebre Mari

Caminata diaria de las tardes del invierno de 1998 en un rectángulo amarillento de la pampa Argentina. Detrás de una fila de Eucaliptos, la casa de mi madre. Yo estaba de visita. Hacia delante el campo yermo, seco y aplastado por los rigores del invierno. Por el alambre que delimitaba ese lote con otros sucesivamente similares, justo debajo de un Tala, percibí un movimiento, algo insignificante en la inmensidad del campo, en la nada de la tarde. El sol declinaba. Surgidos repentinamente del bosque de Eucaliptus, tres perros flacos, cimarrones agalgados, salieron corriendo hacia lo que mi percepción había detectado como un mínimo del movimiento debajo del Tala. De allí saltó la liebre que los perros en su trayectoria, ahora bifurcada, perseguían. Dos detrás de ella y uno al sesgo de la carrera de la presa. Duró instantes, los dos perseguidores principales acortaron distancia pero no parecían poder alcanzarla, en cambio el solitario al sesgo estaba llegando a su encuentro. La carrera de la liebre fue eliptica, en semicírculo, como intentando omitir la simetría irrevocable del terreno. Justo cuando el tercer perro iba alcanzarla dio un veloz giro sobre su eje y salió en franca línea recta para perderse detrás de la hilera de Eucaliptus.474a23c0-01c9-436f-96a8-c571dff57b21.jpgNunca supe bien si fue una liebre real o es la liebre de algún libro que he leído. La he llamado a Liebre Mari, por un amigo muy inteligente que siempre fue capaz de librarse bien de cualquier situación.

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La muerte increíble del tío Juan Elias

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Al tío Juan Elías lo vi una sola vez y esa es la única y mejor imagen que conservaré de él, ahora que está más en entre dichos que nunca, en la unidad coronaria de un hospital viejisimo de San José. Y qué curiosas que resultan muchas veces las cosas, porque era muy cerca de ese hospital donde lo conocí, en mi primer diciembre en Costa Rica, en un bailongo popular en el Parque Morazán. Entrado en años pero erguido, ojos claros hollywoodenses, pelo blanco, alto como los hombres de antes, llevando con buen paso a una mujer mucho más joven que él.  

Tíos así debería uno tener en esta vida, pienso hoy, ya que era muy joven para pensarlo entonces; la edad de una hormiga tenía al lado de él, que parecía haber vivido dos o tres veces versionada su propia vida. Por eso, a pesar de haberlo visto una sola vez, lo recuerdo tan bien, nítido sobre el fondo luminoso de aquella tarde, como desde la visión idealizada de un buen bebedor después del primer par de tragos.

Una tías, hermanas de él, a quienes no podré comentar por mi falta de esmero, lo mataron ayer, que no pasa la noche, dijeron ellas. Qué no pasa la noche, me repetí. Esa frase sí que le haría gracia al tío Juan Elias. Escuchar una frase como esa, después de tantas noches pasadas al derecho y al revés, de atrás para adelante, del principio al final, del final al principio, de una noche a otra, porque no, también.

Le dieron dos infartos consecutivos, dos, y cuando me lo contaron no pude evitar regresarme metafísicamente a ese único encuentro, a esas dos o tres palabras que me dijo, una especie de felicitación cordial y amigable, que para él yo debí entender muy cifradamente, porque las deslizó junto a un gesto caballeroso, fugaz, y se fue.

Hace años de esto, y si el tiempo ha pasado demasiado rápido acaso pueda retener aquel encuentro furtivo un momento más: verlo cruzar al sesgo la multitud, interceptarlo, intercambiar aquel saludo con tanto choque generacional, con tanta música y gente alrededor, con tanto no saber del destino.

Afortunadamente ha entrado un mensaje a un teléfono cercano. El mensaje podría decir, a pesar de los cuchicheos nefastos que no alcanzo a descifrar, que el tío Juan Elías vive, que lo han operado, que se ha despertado y abiertos los ojos, que ha reconocido a un hermano que vino del campo a verlo; que podríamos encontrarlo a fin de año bailando en el Morazán. Cosas como esas pudiera haber dicho el mensaje, si no hubiera muerto.

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