La Habana, lo mejor de los dos mundos

En la Habana no hay internet para tu celular, y cuando hay es realmente engorroso hacerse de ella. Si a este inusual hecho le añadimos su aura colonial,  poder encender un cigarro en cualquier sitio, el ron y la música omnipresentes, pronto serás consciente de que no sólo has viajado a una ciudad, sino que a través de ella, a un tiempo que será tuyo y sólo tuyo, según quieras vivirlo.

Si estás viajando por Centroamérica o resides en algún país del istmo esta ciudad debería estar en tu bitácora de viajes, porque puedes viajar y comparar lo que viste en éste y el otro lado del mundo, pero lo que verás en La Habana es tan singular como las circunstancias que hicieron su historia de ron, tabaco y revolución.

La arquitectura colonial española define las calles de la ciudad de las columnas, al punto que en muchos sitios se sentirá plácidamente confundido paseando por Europa. Luego, la impronta estadounidense de las primeras décadas del Siglo XX coronó la isla con la arquitectura de la época dorada: el imponente neoclásico del Capitolio, los anacrónicos rascacielos de la mafia italo americana.

Más de medio siglo de bloqueo económico hizo que todo quedase tal cual fue concebido, sin un sólo rasguño de la posmodernidad, con el deteriorado testimonio del paso del tiempo.

Pero La Habana es mucho más que belleza arquitectónica, es junto a  muchas otras cosas, la residencia escogida del más excéntrico cronista del Siglo XX, Ernest Hemingway, y cuna de la única revolución de la historia contemporánea de Latinoamérica que aún perdura.

Si te interesa la literatura comienza por El Floridita, si te interesa el tabaco y el ron por el Museo del Ron o la fábrica de Ron Legendario, si te interesa la historia política con su paisaje de revolución, por el Museo y la Plaza de La Revolución. La recomendación de este cronista es que te intereses por todo, esta actitud pondrá frenos a tus prejuicios y te llevará a moverte por toda la ciudad, conocerla en su estoica decadencia.

El centro histórico es un recorrido obligado: Calle Obispo, Calle Mercaderes, Calle Cuba. Su paisaje alberga lo mejor de los dos mundos, la arquitectura colonial y el sabor Cubano. Perderse por sus calles estrechas y descubrir sus plazas (Plaza de Armas, Plaza Vieja, Plaza de la Catedral) es otro viaje dentro de tu viaje, un extra que usted no se esperaba.

Relájate, diversifica tus intereses, permítete probar el auténtico Daiquirí de ¨El Floridita¨, fotografía las fachadas de los edificios, visita el Museo de Bellas Artes o bucea en la literatura de hojas amarillentas de las librerías y puestos de libros antiguos. Si tienes suerte como yo, en la Plaza de Armas abrirás un libro y leerás este inicio de una crónica de Hemingway: Las habitaciones de la esquina noroeste del hotel Ambos Mundos de La Habana dan a la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte…

Después de una cosa así, si fuera tú, no dejaría de visitar el ¨Ambos Mundos¨, donde Hemingway residió. Allí está su habitación abierta al viajero, al igual que el romántico lobby del hotel, para tomarse un buen café. El emblemático Hotel Nacional también es digno de una visita especial, para dejarse envolver por su lujosa aura de antaño o sentir el aire fresco del mar desde sus elegantes terrazas que dominan el Malecón.

Cuando hayas descubierto la Catedral por ti mismo ya estás listo para almorzar en la Bodeguita del Medio, y si quieres más sabor local almuerza en uno de los tantos Paladares, casas cubanas abiertas para probar la más auténtica cuchara de la isla.

Si eres amante de la arquitectura y el arte, tienes que caminar por Vedado, el barrio de los palacetes de finales del Siglo XIX te dejará más que satisfecho. El paseo de Prado es otro recorrido para hacer caminando, allí el entorno colonial y el cálido bullicio urbano lo recargará de la esencia habanera a cada paso. Recórrelo desde el Malecón hasta el Hotel Inglaterra, divaga por el centro, descubre e indaga por la historia del edificio Bacardí, sube a su terraza y toma una panorámica.

Cuando ya estés colmado de ciudad el Malecón te estará esperando para que lo camines de punta a punta. Su brisa marina te refrescará. 

Si quieres llegar aún más atrás en el tiempo, la ciudad amurallada encierra historias de corsarios y piratas: visita sus fortalezas, asiste al cañonazo de las nueve, pero no olvides entrar a La Habana antes que sus puertas cierren, no querrás ser un ausente de sus shows de música y baile al estilo Tropicana.

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Lluvia

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Cuando entran las lluvias a San José una luz blanquecina, lechosa e irascible se filtra por las nubes bajas y nos enceguece cada mañana. El aire se hace denso y la vida lenta o eso es lo que parece suceder. A la tarde oscurece y vuelven los aguaceros, lluvias y lloviznas persistentes que se alternan, se repiten, se mezclan, se definen y redefinen en una continuidad de ver el agua caer. Cuando para, eso sí, un silencio dominical acontece, otro amanecer bajo las nubes blancas.

 

 

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Los ticos y el atardecer

Cada tarde el litoral pacífico de Costa Rica regala el fascinante fenómeno de la puesta del sol sobre sus aguas. Ante él, el observador vernáculo, aunque buen conocedor del desenlace, cede invariablemente al encanto de contemplar y tomar registro de la esfera anaranjada sumergiéndose en el horizonte marino.

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Se reproduce así el ritual compartido de  paladear visualmente la explosión de colores que el atardecer entrega; que junto al mar, tan igual y tan distinto cada vez, logra hacérsenos inevitablemente atractivo.

Más aún, muchos costarricenses sólo llegan a la playa hasta el tiempo más cercano a la caída final del sol, y apostados en perspectiva se aprestan a disfrutar exclusivamente de este encanto crepuscular.

Sólo bastará ver unos pocos, para querer ver muchos más.

Los ticos y el atardecer

La historia de un falso parrillero en Puerto Viejo de Limón

Puerto Viejo, Limón, Costa Rica

Yo me considero un tipo piola, pero como mi mujer es más piola todavía siempre termina diciéndome que soy un exagerado o que juzgo de más. Mejor les cuento la historia y ustedes me dicen que piensan, en todo caso.

Mi mujer es costarricense y yo argentino y vivimos en Costa Rica, que para mí es un país hermoso, discreto y sencillo. Como argentino que soy yo me cuido mucho de no pasar por argentino, digo por esa mal difundida reputación de las mayorías. Como buen argentino, además, me huelo un argentino con 150 metros de anticipación: una colonia importada , el andar sobrado, el pelito largo, la barbita rala de tres días (De tres días por siempre), la frase de más, en fin, ya de cerca la tonada y su respectiva situación geográfica, y  en guardia para  la pregunta obligada: che y vos qué haces en Costa Rica.

Pero juro que nada de esto me ocurrió en Puerto Viejo de Limón cuando andaba en el plan más piola y relajado, digámosle costarricense, de pasar por ahí, silbando bajito, un buen fin de semana.

Nada, el restaurante, simpático e improvisado que elegimos para cenar la última noche era  atendido por argentinos, desde la señora que nos recibió hasta el parrillero que es objeto de la historia que trato de poner en ambiente.

Relajado por el efecto de las vacaciones,  hablé esta vez sin ocultar nada de mis orígenes paisanos y para eso está mi mujer de testigo por si quieren preguntarle. Y no me quiero quejar de nada sobre el restaurante, la pasé excelente y si bien la señora que nos atendió no pudo sujetar esa irrefrenable condición argentina de hablar más de la cuenta fue de lo más simpática y dejó que decidiéramos por nosotros.

La cosa era que asado era el especial de la noche en ese minúsculo puntito del casi virgen mapa del caribe costarricense, a lo que, tras la inmediata desaparición de la señora que nos quería tentar con la opción más obvia, ese especial imperdible de la noche, le dije a mi mujer que asado no.

Mi mujer, que como dije es sobradamente más piola fingió hacerme caso, intuyó algo o quizás simplemente fue verdad que le dieron ganas de comer pastas con mariscos y eso comimos y nadie salió herido.

Pero entonces, mientras comíamos, ella me dijo, y porqué asado no. Entonces le contesté, mirá vos al parrillero, míralo un ratito y contame lo que ves.  Entonces el pibe (Era primero que cualquier cosa demasiado joven para la presión de una parrilla de restaurante), pinchó uno de los dos bifes de chorizo que tenía sobre la parrilla y lo contempló larga y meditativamente, con la ayuda de una linterna con pocas pilas. Ves le dije, un signo evidente de su inseguridad e  inexperiencia en la parrilla.

Ya me había olido yo, como una revelación apresurada de mi mente abominable de argentino, su talante de asador atípico. Longilineo, educado, con gesto de interés, acomodaba con pulcra prolijidad cada leño del fogón mientras el DJ -ahí estaba y más tarde, cuando las papas quemen de veras también entrará en acción – le decía, sos un grande, mientras yo me debatía entre la aprendida comprensión de mundo  y mi rústicos instintos de orígenes campestres.

Le decía entonces, en vos muy bajita, todo esto a mi mujer mientras comíamos la pasta, que estaba muy buena, le decía, este muchacho de parrilla no sabe nada, cayó en Puerto Viejo y empezó a buscar trabajo y terminó acá.

Como entonces le decía a ella, la facha de primer violinista de la orquesta estable del Colón no ayudaba, más un notable grado de ansiedad y preocupación que ya compartíamos nosotros en un confuso sentimiento de frustración y suspicacia: verlo tan preparado para recibir a los comensales, saberlo tan poco preparado para hacerlos comer un buen asado en caso de que estos llegaran.

11 ingleses

Justo cuando nos olvidábamos de todo esto en plan de elegirnos un postre para matar ese marisco profundo de las salas del medio día para la noche los 11 ingleses llegaron, que por suerte era un grupo mixto y educado y no un equipo de segunda división de Dorset (Mi mujer, que como todos los costarricenses viaja un montón conoce, me aseguró que este lugar era bien rudo en Inglaterra).

La señora argentina dueña del local los tacleo en la entrada nomas, usando las 3 letras sagradas de las palabra mágica del Harry Potter rural, BBQ, que más la humareda del tiraje mal logrado de la folclórica parrilla convenció de manera directa. Inmediatamente, con toda la simpática gracias de los jóvenes mejor sponsoreados del planeta los 11 ingleses estaban sentados en la mesa contigua a la nuestra (y única otra mesa con gente de un domingo a la noche fuera de temporada) pidiendo cortes de vaca, cerdo y pescado de una manera, que a mi mente perturbada por su sesgada información, le pareció siniestra.

Lo que antes había sido ansiedad  ahora era pánico evidente en nuestro prístino parrillero; y lo que había sido contemplación exagerada de lo que para él debió ser cotidiano ahora era una gran duda que envolvía todo lo que el plano nos dejaba ver de su existencia.

Fue ahí cuando le dije, siempre bajito, a mi mujer: un parrillero por lo general es pequeño, fornido, con panza de alcohol filosa, de movimientos rápidos y certeros, un esgrima muy propio y telúrico domina su muñeca, siempre anda un trapo en la mano, siempre un recipiente que disimula su bebida alcohólica preferida en un razonable procedimiento de hidratación, siempre una mirada medio furiosa, primitiva o violenta; hombre de pocos amigos parece cuando está cerca del asador, al que observa con la mirada medio perdida, como si recordara otra cosa que unas vez vio y vos no querrías ver nunca; y nunca titubeado, ni tocando la carne con la mano, ni sacando brasas con un palito de mango y mucho menos nunca en Puerto Viejo de Limón, que es un lugar que no entiende ni quiere entender, aunque vayamos mil veces a venderla la idea de un negocio prospero y lleno de oportunidades, evidentes, para un tipo como él.

Además, le dije a mi mujer, mejor vamos, pero mi mujer como es más costarricense que ningún otro costarricense quiso quedarse a ver el desenlace de la obra, que ya tenía los pescados y los cortes de carnes varios bajo la nerviosísima supervisión del asador shakesperiano y ahora del DJ, que en medio de la desesperación también metió mano.

Para el minuto quince del encuentro lo previsible, la historia de una mala praxis anunciada iba haciendo su aparición: ponían y sacaban brazas, giraban los cortes continuamente, intercambiaban sus lugares y los examinaban con la pequeña linterna por un buen rato, como pacientes agónicos de una epidemia; pero por sobre todas las cosas demoraban la tan ansiada y necesaria cena de gente que anda sufriendo los trajines de una excursión como esta.

Los ingleses tan educados, estoicos diría yo, aguantaban la velada a punta de mojitos y sin chistar, sólo uno vi atreverse a torcer la mirada hacia la parrilla con un insipiente gesto de desaprobación que enseguida fingió olvidar.

Entonces de nuevo le dije a mi mujer, viste que acá no había que comer asado. Seguir leyendo “La historia de un falso parrillero en Puerto Viejo de Limón”

La historia de un falso parrillero en Puerto Viejo de Limón