El toro real

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@jorgekazbek

Hay días que parecen estar hechos para que algo fuera de lo común ocurra: un accidente, un evento extraordinario. Aquel día en el campo parecía ser uno de esos, un domingo helado de junio, sin una sola nube, una tarde atrapada en su postal, con el sol apagándose como una brasa en el invierno de la pampa.

Acaso Alberto pudo presentir algo en aquella quietud artificial, al respirar ese falso aire de calma que contenía un grito de auxilio ahogado en el silencio rural. Estudiante de periodismo, había cambiado el campo por la ciudad, donde regresaba con frecuencia  para visitar a sus padres y algunos amigos.

En el campo había un rodeo de vacas Holando Argentino para la producción de leche. Como suele acostumbrarse, había también un toro de la misma raza, esas vaquitas blancas y negras, que son bien conocidas por su mansedumbre. Sin embargo el macho, aunque también demuestra este mismo comportamiento en la juventud, pasado los dos años de edad suele manifestar un repentino cambio de temperamento.

El toro siempre estaba allí, a veces junto al rodeo, otras veces aislado para que no molestara, según la necesidad. En los últimos días había sido común oirlo bramar y mugir quejosamente más de la cuenta. También rascar el suelo con sus patas delanteras y echarse tierra al lomo, que es una señal muy típica del mal humor o enojo de estos animales. Ya había superado los 2 años de edad y su biología lo iba haciendo malo puntualmente, solo porque la naturaleza se lo iba indicando.

Esa tarde tan quieta se lo había escuchado bramar desaforadamente, como si él fuese el único habitante del campo. Alberto lo había visto un día antes, muy cerca de la casa, enmarcado en el espacio que dejaban los extremos de una tranquera abierta, a contraluz, grande y siniestro, haciendo todo su repertorio de bestia enojada. Es más, al verlo se fue por su cámara de foto, pero al regresar ya se había cambiado de lugar y la fotografía carecía del valor pictórico que había visto en el cuadro anterior.

Visto desde aquí, todas las cosas parecían ir prefigurando el terreno para una desgracia. La tarde fría parecía un cristal a punto de estallar y aunque el toro se había ido apoderando de la escena campestre, nadie en realidad pudo anticipar lo que sucedería. O sí, y quizás la madre de Alberto habría dicho… “¿qué vamos a hacer con ese animal?, los otros días no pudimos sacarlo del corral…” Pero lo cierto es que nadie recordó al final si esto lo dijo antes o después del siniestro.

Todos estaban en la cocina, cerca de la estufa a leña porque hacía frío de verdad, unos 4 o 5 grados al caer la tarde. En eso escucharon los gritos de una mujer y cuando salieron ya todo había pasado. Jorge, el hombre encargado del ganado estaba todo ensangrentado, casi no podía caminar y se sostenía sobre su mujer que pedía ayuda en estado de shock; porque ella había visto todo lo que había pasado.

Jorge había intentado mover el toro de una parcela a otra, pero el toro había hecho caso omiso a sus intenciones, sin dejar de mostrarle lo poco que le gustaba que lo molestaran un domingo por la tarde. Era el día del padre, quizás esa atmósfera de reencuentro y resguardo familiar se respiraba también en el ámbito de la granja.

Según la misma mujer de Jorge contó después, ante la negativa del animal Jorge dio la vuelta -iba a pie- para retirarse, y en ese instante el toro lo embistió desde atrás. Lo tiró al suelo y ya no lo dejó, a pesar de todo lo que Jorge hizo para librarse y no librarse, que es la recomendación más usual: tirarse al suelo y fingir rigidez de muerto, que en este caso el animal aprovechó para revolcarlo y presionarlo más contra el suelo, con su cabeza gigante (por suerte sin cuernos), usando la fuerza descomunal de su cuello. Esto duró un tiempo difícil de precisar y fue hasta cuando la mujer de Jorge salió corriendo y gritando hacia el medio del campo cuando el toro frenó. Una especie de distracción, algo que le hizo “pensar” en lo que estaba haciendo o vaya uno a saber.

Antes de poder planear nada la noche cubría el campo como una gran frazada helada y Jorge estaba en el hospital, con bastante cortes y magulladuras, pero milagrosamente sin ninguna herida de gravedad. Una vez recibida la noticia la familia comenzó a deliberar quién iría a recoger el ganado esa madrugada, porque el padre de Alberto estaba en el hospital y ahora él era el único “hombre” que había quedado en el campo, así que debería ir.

La noticia lo asustaba y le agradaba al mismo tiempo. Internarse en la oscuridad de la madrugada, caminar por donde el animal había atacado a un experimentado hombre de campo, vivir su peligro, estar en una situación real. Era una buena historia para contar en la universidad,  pero además, la oportunidad de levantar la alicaída estampa campestre que le había dejado su giro profesional.

Se fue a dormir temprano para descansar y soñó con el toro, estaba idéntico a la foto que le hubiera querido sacar, pero ahora tenía manchas de sangre en la cara. No fue difícil notar lo afectado que estaba por lo que había ocurrido, pero no sentía miedo, más bien le sorprendía con la fidelidad que el toro se veía en el sueño, aunque no lo hubiera vuelto a ver después del día anterior al evento.

Se despertó solo, antes que sonara el despertador a las 5 de la mañana, fue a buscar su “ropa vieja de campo”, pues él vivía en la ciudad y esos días estaba de visita. Se abrigó mucho, tanto que le impedía una buena movilidad en caso de necesitarlo, y tomó la vieja carabina de su abuelo, que es una arma de largo alcance y bajo calibre, muy usada para combatir alimañas, como comadrejas y zorrillos en el campo. No es un arma capaz de detener a un animal de ese tamaño, pero al menos tenía algo en sus manos, algo que le daba una mínima oportunidad ante un desenlace desafortunado, ante el embiste furibundo del animal, ante el miedo, al menos tener la posibilidad de disparar.

En la oscuridad solo se escuchaban las pisadas dóciles de las vacas en el pasto escarchado y el mujido temerario del toro, que parecía percibir la presencia de Alberto y hacer notar ese disgusto a cada paso. No podía verlo pero si imaginarlo de muchas maneras: caminando a un costado, moviendo su cabeza hacia los lados, separado de él apenas por un par de vacas, detenido con la cabeza en alto, pendiente de su intromisión.

El frío amplificaba todo los temores que está situación iba generando, con el cuerpo adormecido, temblando retraído en la soledad de la madrugada, como si ese fuese su último esfuerzo por crecer, trabado en la disyuntiva de querer y no querer dejar de ser un niño.

Así fue llevando el rodeo, muy despacio, con los sonidos típicos que las vacas acostumbraban escuchar, a pie porque no había caballos en esa época “moderna”, dejando que las vacas siguieran tranquilas su rutina de traslado.

Cuando llegaron a la ensenada grande donde los animales debían reposar ya estaba aclarando y pudo verlo por primera vez después de lo que había pasado, mezclado entre la vacas, bastante lejos de donde él estaba. Tuvo de pronto mucho miedo, una sensación fría le recorría todo el cuerpo, un shock que lo paralizó, quizás por entender que había estado muy cerca del toro en plena oscuridad. Era algo muy real, quizás lo más real que había vivido hasta entonces.

 

 

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El tipo de la moto

Biker on a motorcycle

No importa que tan fría, lluviosa, oscura o solitaria se vea una noche, el tipo de la moto siempre pasa por una calle que da a la parte de atrás de mi casa, una calle que no puedo ver en su totalidad porque está parcialmente tapada por casas, sus patios, árboles de papaya y mango, ardillas, mariposas, colibríes, enredaderas, iguanas y pájaros dormidos, entrelazados todos en esa naturaleza imponente que en cualquier parte le gana a la ciudad en Costa Rica. Sin embargo, no puede tapar el sonido ronco de la moto que entra a sus anchas por las dos ventanas que mi cuarto tiene hacia esa dirección.

Es una moto de motor cuatro tiempos, soy escritor pero no soy solo eso, como nadie, como todos, y puedo hacer esa elemental discriminación del mundo de la mecánica. El sonido más pastoso, rítmico y pesado del motor de una moto de 4 tiempos es inconfundible. Lo escucho desde atrás, como viniendo de un fondo, del fondo mismo de la noche supongo. Lo siento  avanzar hasta hacerse tan presente como algo material entre nosotros, que estamos en el cuarto, intentando dormir a Julia. A esa hora Julia lucha por conciliar el sueño y no importa cuan despierta o dormida esté, siempre abre sobresaltada su par de ojazos azules cuando escucha el sonido del tipo de la moto.

¿Y si es mujer?,  me  pregunté una noche aterrado por mi sesgo. No me lo creo, tiene esas regularidades y sobresaltos tan propios de un hombre. Noches de aceleración eufórica, noches de capa caída, la misma hora de animal prehistórico siempre.

Tiene un trabajo estable y rutinario de seguro el tipo de la moto. No falla, alrededor de las 11:30, lo que es muy tarde para los trópicos donde oscurece invariablemente a las 5:30. Es tan regular que a veces creo poder escucharlo antes de llegar.

No he soñado con él, cosa que lamento, aunque tal vez no he necesitado hacerlo porque tengo mil imágenes recortadas de las noches que lo escucho pasar. Un tipo duro, con la cara maltratada por el viento, un tipo enclenque encapuchado en mil abrigos, un muchacho inocente y trabajador, un joven estudiante…

Una noche estaba durmiendo a Julia y el sonido de la moto hizo que me acordara de los hombres de la basura que escuchaba a las 3 de la mañana en los insomnios de mi verano en Madrid. El tipo de la moto, en cambio, es una marca de mi noctambulidad en San José. Nada más que ahora tengo una hija y estoy intentando dormir y ya no quedarme en vela para pescar las ideas raras de la noche.

Sin embargo, he llegado a pensar en salir una noche y apostarme detrás de los árboles de la esquina para verlo,  una idea que pendula desde el extremo de una lucidez pretenciosa al de la máxima estupidez de mi cabeza. ¿Debería hacerlo?

Hoy es viernes y a Julia le cuesta reconocer que tiene sueño y debe dormir; mal lo pienso, es que ni siquiera ella sabe que eso es lo que le pasa, ni siquiera lo sabemos muchas veces los adultos, como yo en mis temporadas de insomnio.

El tipo de la moto ha pasado con un leve retraso, aunque dentro del rango, 11:40, con bastantes bríos ya que la semana se termina, y por eso tal vez también me ha hecho reflexionar, me ha hecho pensar en que él es esa barrera imaginaria que separa la vigilia del sueño, ese ronroneo que apenas va llegando pasa, y me ha hecho pensar en que todo esto no es sobre una moto, ni sobre un sonido medio incomprensible y molesto, ni sobre un tipo; aunque sí tiene algo de motociclistico, de cíclico, de recurrente, de funcionamiento circular.

Escuchen, ahí está pasando otra vez, me parece que en sentido inverso. No estoy seguro, es que nunca lo había escuchado regresar. Bueno, se habrá olvidado algo el tipo de la moto.

 

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La Habana, lo mejor de los dos mundos

En la Habana no hay internet para tu celular, y cuando hay es realmente engorroso hacerse de ella. Si a este inusual hecho le añadimos su aura colonial,  poder encender un cigarro en cualquier sitio, el ron y la música omnipresentes, pronto serás consciente de que no sólo has viajado a una ciudad, sino que a través de ella, a un tiempo que será tuyo y sólo tuyo, según quieras vivirlo.

Si estás viajando por Centroamérica o resides en algún país del istmo esta ciudad debería estar en tu bitácora de viajes, porque puedes viajar y comparar lo que viste en éste y el otro lado del mundo, pero lo que verás en La Habana es tan singular como las circunstancias que hicieron su historia de ron, tabaco y revolución.

La arquitectura colonial española define las calles de la ciudad de las columnas, al punto que en muchos sitios se sentirá plácidamente confundido paseando por Europa. Luego, la impronta estadounidense de las primeras décadas del Siglo XX coronó la isla con la arquitectura de la época dorada: el imponente neoclásico del Capitolio, los anacrónicos rascacielos de la mafia italo americana.

Más de medio siglo de bloqueo económico hizo que todo quedase tal cual fue concebido, sin un sólo rasguño de la posmodernidad, con el deteriorado testimonio del paso del tiempo.

Pero La Habana es mucho más que belleza arquitectónica, es junto a  muchas otras cosas, la residencia escogida del más excéntrico cronista del Siglo XX, Ernest Hemingway, y cuna de la única revolución de la historia contemporánea de Latinoamérica que aún perdura.

Si te interesa la literatura comienza por El Floridita, si te interesa el tabaco y el ron por el Museo del Ron o la fábrica de Ron Legendario, si te interesa la historia política con su paisaje de revolución, por el Museo y la Plaza de La Revolución. La recomendación de este cronista es que te intereses por todo, esta actitud pondrá frenos a tus prejuicios y te llevará a moverte por toda la ciudad, conocerla en su estoica decadencia.

El centro histórico es un recorrido obligado: Calle Obispo, Calle Mercaderes, Calle Cuba. Su paisaje alberga lo mejor de los dos mundos, la arquitectura colonial y el sabor Cubano. Perderse por sus calles estrechas y descubrir sus plazas (Plaza de Armas, Plaza Vieja, Plaza de la Catedral) es otro viaje dentro de tu viaje, un extra que usted no se esperaba.

Relájate, diversifica tus intereses, permítete probar el auténtico Daiquirí de ¨El Floridita¨, fotografía las fachadas de los edificios, visita el Museo de Bellas Artes o bucea en la literatura de hojas amarillentas de las librerías y puestos de libros antiguos. Si tienes suerte como yo, en la Plaza de Armas abrirás un libro y leerás este inicio de una crónica de Hemingway: Las habitaciones de la esquina noroeste del hotel Ambos Mundos de La Habana dan a la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte…

Después de una cosa así, si fuera tú, no dejaría de visitar el ¨Ambos Mundos¨, donde Hemingway residió. Allí está su habitación abierta al viajero, al igual que el romántico lobby del hotel, para tomarse un buen café. El emblemático Hotel Nacional también es digno de una visita especial, para dejarse envolver por su lujosa aura de antaño o sentir el aire fresco del mar desde sus elegantes terrazas que dominan el Malecón.

Cuando hayas descubierto la Catedral por ti mismo ya estás listo para almorzar en la Bodeguita del Medio, y si quieres más sabor local almuerza en uno de los tantos Paladares, casas cubanas abiertas para probar la más auténtica cuchara de la isla.

Si eres amante de la arquitectura y el arte, tienes que caminar por Vedado, el barrio de los palacetes de finales del Siglo XIX te dejará más que satisfecho. El paseo de Prado es otro recorrido para hacer caminando, allí el entorno colonial y el cálido bullicio urbano lo recargará de la esencia habanera a cada paso. Recórrelo desde el Malecón hasta el Hotel Inglaterra, divaga por el centro, descubre e indaga por la historia del edificio Bacardí, sube a su terraza y toma una panorámica.

Cuando ya estés colmado de ciudad el Malecón te estará esperando para que lo camines de punta a punta. Su brisa marina te refrescará. 

Si quieres llegar aún más atrás en el tiempo, la ciudad amurallada encierra historias de corsarios y piratas: visita sus fortalezas, asiste al cañonazo de las nueve, pero no olvides entrar a La Habana antes que sus puertas cierren, no querrás ser un ausente de sus shows de música y baile al estilo Tropicana.

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Encuentro y despedida

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No era raro que lloviera siendo verano, estando en la costa oriental del Río de la Plata, siendo nuestra última mañana en Montevideo, habiéndonos emborrachado la noche anterior. Justificados en este contexto nos fuimos a tomar un café.  Ya no llovía fuerte cuando salimos del café, más bien lloviznaba, pero había bajado bastante la temperatura para ser verano. Sería también porque nuestras vacaciones se estaban terminando.

Le dije a Beto, mi compañero de viaje, por qué no volvemos al hotel a ver si hay noticias, el colectivo recién sale a las 4 de la tarde. Eso hicimos, por una calle que mi pobre conocimiento de esa ciudad ficcionaliza con veredas rotas, paredes descoloridas, un perro durmiendo y un hombre viejo fumando en una banca.  Argentinos, los estuvieron buscando por acá, dijo el conserje. Es Luci, le dije a Beto.

Era otra época, no había casi teléfonos celulares ni tanto Internet. Sin pensar en todo esto, porque no lo sabíamos, salimos de nuevo a la calle, hacia el sitio que Luci nos había dicho que teníamos que conocer. Era como un Rastro Suramericano, pero sobre todo de cosas viejas, que es una redundancia. Vi parejas bailando tango, vi discos, vi otro anciano sentado fumando y otro perro. No vimos a Luci, pero sabíamos que no estábamos lejos. La noche anterior Beto había bailado con ella. Todavía hoy me pregunto cómo se habría animado, siendo nosotros tan ajenos a esa lugar bailable y tan malos bailarines.

Después del mediodía todo se fue en picada, el tiempo, nuestra  escasa energía de trasnochados y la esperanza de encontrar a Luci. La esperanza de él, que en aquel viaje tan compartido también era un poco la mía. Aunque yo no había bailado, ni con Luci ni con nadie y por eso quizás bebí más de la cuenta y por eso será que me encargo de recordarme todas estas cosas.

Cuando íbamos para la terminal empezó a llover con fuerza otra vez, me supo a nostalgia y despedida, o mejor, ahora entiendo, llovía porque era una despedida, tenía que llover. Prendí el último cigarrillo antes de subir al colectivo. Beto no fumaba pero me hacía el aguante y se quedaba conmigo. Entonces apareció Luci con una amiga. Estaba completamente mojada y feliz de vernos, mucho más de verlo a él. Algo había quedado de la noche, un horario de partida, una estación de ómnibus; la inusual certeza de que era necesario verse otra vez. Intercambiamos correos electrónicos en unos papelitos mojados y para mi eso será para siempre algo muy Uruguayo, en el pobre conocimientos que tengo de ese país, en mi privilegiado conocimiento de la historia de Luci y Beto.

 

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