La muerte increíble del tío Juan Elias

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Al tío Juan Elías lo vi una sola vez y esa es la única y mejor imagen que conservaré de él, ahora que está más en entre dichos que nunca, en la unidad coronaria de un hospital viejisimo de San José. Y qué curiosas que resultan muchas veces las cosas, porque era muy cerca de ese hospital donde lo conocí, en mi primer diciembre en Costa Rica, en un bailongo popular en el Parque Morazán. Entrado en años pero erguido, ojos claros hollywoodenses, pelo blanco, alto como los hombres de antes, llevando con buen paso a una mujer mucho más joven que él.  

Tíos así debería uno tener en esta vida, pienso hoy, ya que era muy joven para pensarlo entonces; la edad de una hormiga tenía al lado de él, que parecía haber vivido dos o tres veces versionada su propia vida. Por eso, a pesar de haberlo visto una sola vez, lo recuerdo tan bien, nítido sobre el fondo luminoso de aquella tarde, como desde la visión idealizada de un buen bebedor después del primer par de tragos.

Una tías, hermanas de él, a quienes no podré comentar por mi falta de esmero, lo mataron ayer, que no pasa la noche, dijeron ellas. Qué no pasa la noche, me repetí. Esa frase sí que le haría gracia al tío Juan Elias. Escuchar una frase como esa, después de tantas noches pasadas al derecho y al revés, de atrás para adelante, del principio al final, del final al principio, de una noche a otra, porque no, también.

Le dieron dos infartos consecutivos, dos, y cuando me lo contaron no pude evitar regresarme metafísicamente a ese único encuentro, a esas dos o tres palabras que me dijo, una especie de felicitación cordial y amigable, que para él yo debí entender muy cifradamente, porque las deslizó junto a un gesto caballeroso, fugaz, y se fue.

Hace años de esto, y si el tiempo ha pasado demasiado rápido acaso pueda retener aquel encuentro furtivo un momento más: verlo cruzar al sesgo la multitud, interceptarlo, intercambiar aquel saludo con tanto choque generacional, con tanta música y gente alrededor, con tanto no saber del destino.

Afortunadamente ha entrado un mensaje a un teléfono cercano. El mensaje podría decir, a pesar de los cuchicheos nefastos que no alcanzo a descifrar, que el tío Juan Elías vive, que lo han operado, que se ha despertado y abiertos los ojos, que ha reconocido a un hermano que vino del campo a verlo; que podríamos encontrarlo a fin de año bailando en el Morazán. Cosas como esas pudiera haber dicho el mensaje, si no hubiera muerto.

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El tipo de la moto

Biker on a motorcycle

No importa que tan fría, lluviosa, oscura o solitaria se vea una noche, el tipo de la moto siempre pasa por una calle que da a la parte de atrás de mi casa, una calle que no puedo ver en su totalidad porque está parcialmente tapada por casas, sus patios, árboles de papaya y mango, ardillas, mariposas, colibríes, enredaderas, iguanas y pájaros dormidos, entrelazados todos en esa naturaleza imponente que en cualquier parte le gana a la ciudad en Costa Rica. Sin embargo, no puede tapar el sonido ronco de la moto que entra a sus anchas por las dos ventanas que mi cuarto tiene hacia esa dirección.

Es una moto de motor cuatro tiempos, soy escritor pero no soy solo eso, como nadie, como todos, y puedo hacer esa elemental discriminación del mundo de la mecánica. El sonido más pastoso, rítmico y pesado del motor de una moto de 4 tiempos es inconfundible. Lo escucho desde atrás, como viniendo de un fondo, del fondo mismo de la noche supongo. Lo siento  avanzar hasta hacerse tan presente como algo material entre nosotros, que estamos en el cuarto, intentando dormir a Julia. A esa hora Julia lucha por conciliar el sueño y no importa cuan despierta o dormida esté, siempre abre sobresaltada su par de ojazos azules cuando escucha el sonido del tipo de la moto.

¿Y si es mujer?,  me  pregunté una noche aterrado por mi sesgo. No me lo creo, tiene esas regularidades y sobresaltos tan propios de un hombre. Noches de aceleración eufórica, noches de capa caída, la misma hora de animal prehistórico siempre.

Tiene un trabajo estable y rutinario de seguro el tipo de la moto. No falla, alrededor de las 11:30, lo que es muy tarde para los trópicos donde oscurece invariablemente a las 5:30. Es tan regular que a veces creo poder escucharlo antes de llegar.

No he soñado con él, cosa que lamento, aunque tal vez no he necesitado hacerlo porque tengo mil imágenes recortadas de las noches que lo escucho pasar. Un tipo duro, con la cara maltratada por el viento, un tipo enclenque encapuchado en mil abrigos, un muchacho inocente y trabajador, un joven estudiante…

Una noche estaba durmiendo a Julia y el sonido de la moto hizo que me acordara de los hombres de la basura que escuchaba a las 3 de la mañana en los insomnios de mi verano en Madrid. El tipo de la moto, en cambio, es una marca de mi noctambulidad en San José. Nada más que ahora tengo una hija y estoy intentando dormir y ya no quedarme en vela para pescar las ideas raras de la noche.

Sin embargo, he llegado a pensar en salir una noche y apostarme detrás de los árboles de la esquina para verlo,  una idea que pendula desde el extremo de una lucidez pretenciosa al de la máxima estupidez de mi cabeza. ¿Debería hacerlo?

Hoy es viernes y a Julia le cuesta reconocer que tiene sueño y debe dormir; mal lo pienso, es que ni siquiera ella sabe que eso es lo que le pasa, ni siquiera lo sabemos muchas veces los adultos, como yo en mis temporadas de insomnio.

El tipo de la moto ha pasado con un leve retraso, aunque dentro del rango, 11:40, con bastantes bríos ya que la semana se termina, y por eso tal vez también me ha hecho reflexionar, me ha hecho pensar en que él es esa barrera imaginaria que separa la vigilia del sueño, ese ronroneo que apenas va llegando pasa, y me ha hecho pensar en que todo esto no es sobre una moto, ni sobre un sonido medio incomprensible y molesto, ni sobre un tipo; aunque sí tiene algo de motociclistico, de cíclico, de recurrente, de funcionamiento circular.

Escuchen, ahí está pasando otra vez, me parece que en sentido inverso. No estoy seguro, es que nunca lo había escuchado regresar. Bueno, se habrá olvidado algo el tipo de la moto.

 

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La Habana, lo mejor de los dos mundos

En la Habana no hay internet para tu celular, y cuando hay es realmente engorroso hacerse de ella. Si a este inusual hecho le añadimos su aura colonial,  poder encender un cigarro en cualquier sitio, el ron y la música omnipresentes, pronto serás consciente de que no sólo has viajado a una ciudad, sino que a través de ella, a un tiempo que será tuyo y sólo tuyo, según quieras vivirlo.

Si estás viajando por Centroamérica o resides en algún país del istmo esta ciudad debería estar en tu bitácora de viajes, porque puedes viajar y comparar lo que viste en éste y el otro lado del mundo, pero lo que verás en La Habana es tan singular como las circunstancias que hicieron su historia de ron, tabaco y revolución.

La arquitectura colonial española define las calles de la ciudad de las columnas, al punto que en muchos sitios se sentirá plácidamente confundido paseando por Europa. Luego, la impronta estadounidense de las primeras décadas del Siglo XX coronó la isla con la arquitectura de la época dorada: el imponente neoclásico del Capitolio, los anacrónicos rascacielos de la mafia italo americana.

Más de medio siglo de bloqueo económico hizo que todo quedase tal cual fue concebido, sin un sólo rasguño de la posmodernidad, con el deteriorado testimonio del paso del tiempo.

Pero La Habana es mucho más que belleza arquitectónica, es junto a  muchas otras cosas, la residencia escogida del más excéntrico cronista del Siglo XX, Ernest Hemingway, y cuna de la única revolución de la historia contemporánea de Latinoamérica que aún perdura.

Si te interesa la literatura comienza por El Floridita, si te interesa el tabaco y el ron por el Museo del Ron o la fábrica de Ron Legendario, si te interesa la historia política con su paisaje de revolución, por el Museo y la Plaza de La Revolución. La recomendación de este cronista es que te intereses por todo, esta actitud pondrá frenos a tus prejuicios y te llevará a moverte por toda la ciudad, conocerla en su estoica decadencia.

El centro histórico es un recorrido obligado: Calle Obispo, Calle Mercaderes, Calle Cuba. Su paisaje alberga lo mejor de los dos mundos, la arquitectura colonial y el sabor Cubano. Perderse por sus calles estrechas y descubrir sus plazas (Plaza de Armas, Plaza Vieja, Plaza de la Catedral) es otro viaje dentro de tu viaje, un extra que usted no se esperaba.

Relájate, diversifica tus intereses, permítete probar el auténtico Daiquirí de ¨El Floridita¨, fotografía las fachadas de los edificios, visita el Museo de Bellas Artes o bucea en la literatura de hojas amarillentas de las librerías y puestos de libros antiguos. Si tienes suerte como yo, en la Plaza de Armas abrirás un libro y leerás este inicio de una crónica de Hemingway: Las habitaciones de la esquina noroeste del hotel Ambos Mundos de La Habana dan a la antigua catedral, la entrada del puerto y el mar por el norte…

Después de una cosa así, si fuera tú, no dejaría de visitar el ¨Ambos Mundos¨, donde Hemingway residió. Allí está su habitación abierta al viajero, al igual que el romántico lobby del hotel, para tomarse un buen café. El emblemático Hotel Nacional también es digno de una visita especial, para dejarse envolver por su lujosa aura de antaño o sentir el aire fresco del mar desde sus elegantes terrazas que dominan el Malecón.

Cuando hayas descubierto la Catedral por ti mismo ya estás listo para almorzar en la Bodeguita del Medio, y si quieres más sabor local almuerza en uno de los tantos Paladares, casas cubanas abiertas para probar la más auténtica cuchara de la isla.

Si eres amante de la arquitectura y el arte, tienes que caminar por Vedado, el barrio de los palacetes de finales del Siglo XIX te dejará más que satisfecho. El paseo de Prado es otro recorrido para hacer caminando, allí el entorno colonial y el cálido bullicio urbano lo recargará de la esencia habanera a cada paso. Recórrelo desde el Malecón hasta el Hotel Inglaterra, divaga por el centro, descubre e indaga por la historia del edificio Bacardí, sube a su terraza y toma una panorámica.

Cuando ya estés colmado de ciudad el Malecón te estará esperando para que lo camines de punta a punta. Su brisa marina te refrescará. 

Si quieres llegar aún más atrás en el tiempo, la ciudad amurallada encierra historias de corsarios y piratas: visita sus fortalezas, asiste al cañonazo de las nueve, pero no olvides entrar a La Habana antes que sus puertas cierren, no querrás ser un ausente de sus shows de música y baile al estilo Tropicana.

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Encuentro y despedida

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No era raro que lloviera siendo verano, estando en la costa oriental del Río de la Plata, siendo nuestra última mañana en Montevideo, habiéndonos emborrachado la noche anterior. Justificados en este contexto nos fuimos a tomar un café.  Ya no llovía fuerte cuando salimos del café, más bien lloviznaba, pero había bajado bastante la temperatura para ser verano. Sería también porque nuestras vacaciones se estaban terminando.

Le dije a Beto, mi compañero de viaje, por qué no volvemos al hotel a ver si hay noticias, el colectivo recién sale a las 4 de la tarde. Eso hicimos, por una calle que mi pobre conocimiento de esa ciudad ficcionaliza con veredas rotas, paredes descoloridas, un perro durmiendo y un hombre viejo fumando en una banca.  Argentinos, los estuvieron buscando por acá, dijo el conserje. Es Luci, le dije a Beto.

Era otra época, no había casi teléfonos celulares ni tanto Internet. Sin pensar en todo esto, porque no lo sabíamos, salimos de nuevo a la calle, hacia el sitio que Luci nos había dicho que teníamos que conocer. Era como un Rastro Suramericano, pero sobre todo de cosas viejas, que es una redundancia. Vi parejas bailando tango, vi discos, vi otro anciano sentado fumando y otro perro. No vimos a Luci, pero sabíamos que no estábamos lejos. La noche anterior Beto había bailado con ella. Todavía hoy me pregunto cómo se habría animado, siendo nosotros tan ajenos a esa lugar bailable y tan malos bailarines.

Después del mediodía todo se fue en picada, el tiempo, nuestra  escasa energía de trasnochados y la esperanza de encontrar a Luci. La esperanza de él, que en aquel viaje tan compartido también era un poco la mía. Aunque yo no había bailado, ni con Luci ni con nadie y por eso quizás bebí más de la cuenta y por eso será que me encargo de recordarme todas estas cosas.

Cuando íbamos para la terminal empezó a llover con fuerza otra vez, me supo a nostalgia y despedida, o mejor, ahora entiendo, llovía porque era una despedida, tenía que llover. Prendí el último cigarrillo antes de subir al colectivo. Beto no fumaba pero me hacía el aguante y se quedaba conmigo. Entonces apareció Luci con una amiga. Estaba completamente mojada y feliz de vernos, mucho más de verlo a él. Algo había quedado de la noche, un horario de partida, una estación de ómnibus; la inusual certeza de que era necesario verse otra vez. Intercambiamos correos electrónicos en unos papelitos mojados y para mi eso será para siempre algo muy Uruguayo, en el pobre conocimientos que tengo de ese país, en mi privilegiado conocimiento de la historia de Luci y Beto.

 

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