Yo crecí en un Puntarenas sin mar

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A mi siempre me gustó Puntarenas, desde mi antropología de turista extraterrestre y desde el primer día que fui, a tan sólo una semana de haber llegado a Costa Rica. Cinco años después me sigue gustando igual; despojada, olvidada del tiempo, melancólica, irrepetible. Mucho más que una estrecha y larga franja de tierra entregada al Océano Pacífico.

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Es lindo caminar por el Paseo de los Turistas, ver llegar un crucero, el entrar y salir de los ferris o de sus barcos pesqueros. Es lindo ver como el sol se derrite detrás de los cerros bajos de la península desde las azoteas de sus hoteles viejos. Pero lo más lindo es observar cómo vive un pueblo auténtico de costarricenses en de las costas del Pacífico.

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Puntarenas me trae buenos recuerdos, recuerdos que yo no tengo de verdad, por ser relativamente joven y definitivamente extranjero; pero que un truco de mi nostalgia los reemplaza inmediatamente por los de mi pueblo, tan lejos de acá, tan lejos de cualquier costa de cualquier océano.

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Porque yo crecí en un Puntarenas sin mar, donde la gente se saluda en la calle y hace las mismas cosas que hacían sus abuelos. Pero debo confesar que me gusta un poco más el Puntarenas de acá, porque siempre me invita a navegar hasta allí donde todas sus islas y sus misterios; hacia las cosas que yo no sé, historias que me cuentan, y que entonces puedo imaginar.

 

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Yo crecí en un Puntarenas sin mar

Ahorita: entre la voluntad de hacer y la realidad del tiempo

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Y si, hace calor en los trópicos, y si, hay humedad, muchos bichos y plantas en cada metro cuadrado, y si, llueve muchos días al año, y si, el tiempo de sus habitantes se demora, se extiende. No hay remedio, el barómetro nos iguala en un mismo sopor; una red invisible que se teje entre el tiempo y el espacio.

Ahorita es la palabra que mejor cristaliza esta realidad del entorno, una expresión de deseo contra la lentitud onírica del esfuerzo vano de intentar despertarnos de una siesta pesada. Así que mucho cuidado cuando le digan ahorita, hay que revisar su significado concreto en cada caso y pedir confirmación. Porque puede ser de inmediato, en unos minutos, en horas, en días, en meses y hasta en años. No se confunda con ahora, eso acá no existe.

Ahorita: entre la voluntad de hacer y la realidad del tiempo

¡Hurra!, ya hay sitios para comer en la playa

Cuando la comida trasciende su plano nutricional y comienza a operar como un factor positivo para nuestra mente; nos transporta más allá de lo físico y cambia nuestro estado de ánimo, entonces estamos hablando de buena cocina. Si a esto le sumamos la utilización de productos de estación y materia prima local la apuesta se pone más que interesante.

20140706_133218Y fue exactamente esto lo que me pasó con el pincho de dorado, la cerveza artesanal, el café orgánico y el brownie de cacao que probé el domingo en el resto Pájara Pinta, en Jacó, la tan visitada, conocida y popular playa del Pacífico Central de Costa Rica.

Las playas costarricenses no se conocen por su oferta gastronómica, que en general es limitada y perezosa, al punto de desconocer muchas veces la riqueza regional que podría darle toques de originalidad únicos.

Por suerte, aunque tímidamente, comienzan a aventurarse pequeños arranques gastronómicos con concepto y sensibilidad, para que comer no sea solo alimentarse al paso acelerado del plan turista, sino también detenerse a saborear el país un poquito más.

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¡Hurra!, ya hay sitios para comer en la playa

Las cosas siempre pueden cambiar, para peor, para mejor

Parque Nacional Cahuita

Todos los años Laura y yo viajamos hasta alguno de esos semi olvidados enclaves turísticos del Caribe Sur Costarricense, como una acción mitad cabalística, mitad de desintoxicación citadina.  Lo hacemos por lo general en octubre o noviembre, aprovechando los innumerables beneficios del fuera de época turística. De ese pequeño viaje siempre sacamos una pequeña historia para reflexionar.

Llegamos entonces, el día es soleado, el mar está calmo y destella colores celestes y turquesas, el caribe reboza de verde, es sábado y la sensación de que la vida vale la pena. Como llegamos unas horas antes del check in aprovechamos para, sin más rodeos, darnos nuestro merecido primer chapuzón.

Un rato después, en ese marco de relajación excepcional que el caribe imprime en cada persona que esté en él, decidimos comer en el pueblo y regresamos al hotel (cuyo nombre no apuntaremos aquí ya que lo haremos después).

Caminando por el Parque

Nos quedamos hasta tarde en la playa, yo mayormente chapoteando en el agua, decididamente sin nada para leer, en puro contacto con la arena, el sol y el agua, buscando en mi cabeza alguna canción parecida a esa que sé que hay de Luis Miguel y que habla de estas cosas. No quería estar en nada.

La línea inexistente

Pero de la felicidad a la infelicidad ya sabemos que hay una línea muy delgada, más que delgada inexistente, eso es, una línea inexistente que nosotros y nuestras circunstancias movemos, como esas canchas de juegos en la arena de la playa.

Con arena y agua salada pegada en el cuerpo y después de ganarle a mi mujer con un yo me baño primero, quedo atónito debajo de una gota de agua que no tiene el volumen suficiente para desprenderse de la regadera de la ducha. No lo puedo creer pero mi felicidad aún es demasiada y tras meterme nuevamente en mi pantaloneta mojada salgo a la habitación diciendo muy tranquilamente, “Che no hay agua”.

Bajo entonces hasta la recepción, sin dejar de admirarme nuevamente por la exuberancia del jardín tropical y la simpática rusticidad caribeña de la construcción, para darme cuenta, antes que todo, después de nada, que por esos días en ese hotel ya no habría agua. Igual me enojé o fingí y al final conseguimos, no por hacernos los enojados, sino porque eso iba a suceder, unos finísimos hilitos de agua que nos bastaron para enjuagar lo poquito que la felicidad se nos había ensuciado.

Salimos a cenar, comimos riquísimo, y nos olvidamos del tema al punto de que ni si quiera compramos una botella de agua para la noche.

Caricaco en Parque Nacional Cahuita

Dormimos bien, nos levantamos temprano, tan temprano como los alemanes que tampoco se habían podido bañar muy bien y cuyo líder turístico peleaba en la recepción por el sin sentido de la falta de agua en un hotel término medio, en fin un hotel. Me sumé, más por no parecer desaprensivo, un poco a esa iniciativa, pero pronto me retiré con uno de los argumentos más fuertes que he esgrimido hasta hoy en tiempo de conflicto real: “Vamos a aprovechar lo que hay, que es el desayuno”.

Mientras desayunábamos con mi mujer veíamos el teatro de las caras de indignación del primer mundo que casi nunca de esa expresión se sustraían. Estaba nublado y oscuro, el personal del hotel cansado, la pelea estaba acabada y era nuestro segundo y último día de fin de semana.

En vez de reclamar y discutir, decidimos marcharnos. Nos fuimos medio buscando la comodidad de nuestra casa, y en el camino entramos a conocer el Parque Nacional Cahuita. Salió el sol, nos bañamos en el mar y descubrimos, junto a nuestras circunstancias, que el parque estaba repleto de duchas y cambiadores, duchas potentes y frescas.

Las cosas siempre pueden cambiar, para peor, para mejor