Cuatro gallinas

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Dibujo de @jorgekazbek

Hay que pensar que estámos en alguna remota región de la pampa argentina, que Beltroni es médico veterinario y que es un día muy caluroso de diciembre, más precisamente un 24. Hay que observar que Beltroni tiene un auto grande, ni viejo ni nuevo, bastante maltrecho por los ajetreos de los caminos rurales. Hay que visualizar a este vehículo desplazándose por una ruta desolada a la hora de siesta, pero hay que ser capaz de ir más profundo. No solo hacia adentro del auto, con el polvo volando por el viento que entra por las ventanillas abiertas, ni detrás de las micro gotas de sudor de su frente, ni al trasfondo de su expresión contrariada, sumergida en el bullicio de la radio encendida que solo él podía descifrar.  Hay que intentar además responder por qué hay cuatro gallinas que viajan con sus picos abiertos en el asiento trasero. ¿Es que su contacto cotidiano con los animales lo había sensibilizado tanto que cualquiera de ellos que caía en su casa se transformaba en su mascota inseparable?

Hay que viajar con él y sus cuatro gallinas, sentarse en el asiento del acompañante y encender ese cigarrillo que él hará que apaguemos por la salud de las aves, ponernos en su piel si fuera posible para entender lo que está pasando. Aún si esto fuera posible, cuando Beltroni empiece a detener la velocidad por el puesto de policía caminera, que primero aparece como un espejismo borroso en la ruta vacía hasta hacerse inminente, habría que ser muy ocurrente para acercarse al menos un poco a la respuesta que Beltroni le dio a los policías, tras ser cuestionado por el transporte irregular de animales de granja. Dicen que lo dijo muy sonriente y pudo seguir viaje.

 

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Sequía

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Ese verano había sequía y era notable el olor a tierra seca, el aire aspero y caliente, el suelo del bosque ruidoso por los palitos y las hojas resecas que se partían mientras caminábamos, como si el paisaje fuera un montaje de papel.

Cada verano esperábamos el día de armar el árbol de Navidad con cierta expectativa, sobre todo por lo incierto que era encontrarlo. Como en el campo había un bosque con algunos cipreses viejos salíamos a buscar una rama, lo más proporcionada y simétrica posible, con forma de árbol, y accesible de cortar. Serrucho en mano.

Esas vacaciones no estaban mis primos, no me acuerdo por qué, entonces solo iba con mi madre y mi hermana. Mi hermana debía tener unos 12 y yo unos 10 años. Además, un perro iba con nosotros. Era un perro de caza que entendía cuando uno le decía algo. Siempre andaba inquieto, buscando, y pocas veces  se relajaba. Salir con nosotros era ponerse en guardia y actuar como perro de caza, aunque no hubiera armas ni presas alrededor.

Para esa parte del inicio del verano el sol cae muy pasado el oeste, a la izquierda, buscando el sur, rojo y redondo, y aquel verano seco, sin un solo vestigio de nube que lo tapara. Al verlo de esta manera,  los más viejos decían que habría más sequía. Todo se ponía rojizo y era como estar dentro de un incendio. Y así estaba esa tarde mientras buscábamos la rama para hacer el árbol.

Encontrar la rama duraba poco tiempo en realidad, pero a mi me parecía un rato largo y mucho más largo me parece ahora que lo recuerdo, porque veo pequeños detalles de nuestros movimientos y el entorno, contaminados por otros paseos parecidos.

Buscábamos el árbol bastante cerca del 24 de Diciembre, porque como era una rama cortada se secaba y perdía follaje con los días, era algo que había que prever y así lo hacíamos. Generalmente íbamos “marcando” las ramas que nos iban gustando y al final del recorrido decidíamos. Además, esperábamos hasta la última hora de la tarde para salir porque antes el calor era insoportable y se dormía la siesta.

Mi hermana que es muy detallista iba más despacio que nosotros, que somos más ansiosos y atropellados. Esa tarde también iba al final y yo tenía la esperanza de que ella viera una  rama decente que nosotros hubiéramos pasado por alto.

La buenas crecían en plano oblicuo, hacia arriba, con el tronco principal recto, que era una condición necesaria para que árbol luciera erguido. No debía estar muy alta y debía existir un modo de subir hasta el lugar, cosa que yo hacía. Una vez arriba mi madre me pasaba el serrucho y yo cortaba.

La tarde se apagaba y no aparecía ninguna rama aceptable, a veces descubríamos una, pero al observarla con un poco más de detenimiento aparecían los defectos insalvables: punta mocha, tallo curvo, falta total de ramas en algunos de sus flancos. Terminada la revisión la marcha continuaba con las mismas expectativas; porque ya nos había pasado otras veces que de pronto aparecía una rama perfecta, justo cuando pensábamos que ese año no íbamos a encontrarla.

Quizás no había ramas bien formadas por la falta de lluvia que venía desde la primavera y el invierno. Esta es una conjetura que bien pudiera haber pasado por la mente de los que allí estábamos en la búsqueda, aunque nadie dijo nada de esto. Lo cierto es que la sequía es una situación rara, porque a veces dura mucho tiempo, pero uno sabe que sí o sí pasará y las lluvias vuelven.

Cuando encontrábamos una buena rama la transformábamos en árbol plantándola artificialmente en una gran maceta, que rellenábamos con escombros para que no se cayera, y al final con falso pasto seco de pesebre para que se viera bien. La rama, con sus luces, guirnaldas y bolas de colores brillantes se convertía en árbol. La estrella de siempre en la punta, siempre la misma, no entiendo como nos podía durar tanto.

Ya casi se hacía de noche y aún no habíamos visto ninguna rama buena, pero el crepúsculo de esos días de diciembre se estiraba bastante así que seguimos en la búsqueda.

 

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La primer bicicleta que me compré en la vida, fue acá, en Costa Rica

Foto tomada de la página https://nibionline.com

Soy un ciclista natural, lo fui desde niño. Con esto no quiero confundirlos con términos competitivos, siempre fui un pedaleante que usó la bici con fines prácticos. Primero en la niñez para cubrir distancias largas y desplazarme. Más adelante para lo mismo, pero ya con la conciencia suficiente para disfrutar esa sensación de libertad y hacer ejercicio, mientras escudriñaba el entorno en 180 grados y un poquito más.

Sin embargo nunca me compré una bici, sí otras cosa como un automóvil, según fue necesario. ¿Porqué?.

Cuando era niño vivía en el campo, en las inmediaciones de un pequeño pueblo rural. Largas distancia sobre ese territorio excepcionalmente plano de la pampa hacían que la bici fuera un gran aliado. Pedalear hasta la escuela, hasta la plaza, la cancha de fútbol, la casa de un amigo; ir y venir cuantas veces fuera necesario en un mundo sin redes sociales, donde la presencia física era la más relevante y única manera de participar.

En esa época usé bicicletas familiares heredadas, bastante pesadas y desactualizadas, hasta que me compraron una bici de carrera, que eran las que estaban de moda por entonces. Un poco incomoda, pero veloz y rendidora para un chico de 11 años.

En mi adolescencia tuve una incursión por el motociclismo, que respondía a los mismos objetivos, potenciados por las torpes necesidades de la edad. Por suerte pasó rápido.

Cuando llegó el tiempo de la universidad pasé al autobús o colectivo, como le decimos en Argentina. Sin embargo casi al final de mi carrera volví a mirar la bici como medio de transporte. Ya muy habituado a la ciudad, le pedí prestada a mi padre una bici de mountain bike que él se había comprado cuando la fiebre de MTB se esparcía por el mundo. Era una bici muy buena que él ya no usaba y yo estaba en una época de transición, desde un lugar que no entendía a otro que desconocía, como suele pasarnos. La bici me ayudaba a transportarme con libertad y de manera económica, a mantenerme en forma.

Con esa bici conocí Córdoba de una manera totalmente diferente, solo o con amigos que se sumaban a paseos de fin de semana. Cubría algunos trayectos obligados, investigaba y me inventaba nuevos. La ciudad era totalmente distinta a la que yo había conocido, unida por secretos pasadizos, ocultos hilos urbanos que yo descubría en secreto. Pedalear, leer y avanzar con mi tesis eran mis actividades de entonces, pero sabía que eso era una pequeña etapa de mi vida y que pronto, de una forma u otra los cambios llegarían. Pedalear y leer, casi exclusivamente, son dos lujos en este mundo contemporáneo.

Desde que vivo en Costa Rica, más que de un chepecletas o un ocasional paseo en bici por las playas cercanas a puerto viejo no pasé. El tránsito me intimidó, la lluvia, el estilo de vida de bicho de ciudad, el ir venir del trabajo, que escasamente se puede hacer en carro y estoicamente en autobús.

Pero hace poco fui a una expo bici en la Aduana y vi una bici que me llamó mucho la atención, conversé con uno de los chicos del stand y me quedé con la idea de comprarla para paseos cercanos los fines de semana y festivos, cuando el tránsito disminuye. Dar unas vueltas por la UCR, ir cubriendo pequeños trayectos de mi barrio, descubrir el otro San José, que bastante he caminado pero que necesito las dos ruedas para poder recorrerlo cabalmente.

Me compré una Nibi porque me pareció una bici genial, diseñada por ticos, pensada para usarla en la sinuosa urbanidad tica. La bici tiene guardabarros para no mojarnos, cinco velocidades para afrontar cuestas y todo el sistema de cambios sellado, para que el agua y la humedad no dañen el mecanismo. Todos lo demás es clásico, incluido su diseño. Estoy casi seguro que mi hija Julia la llegará usar, como yo usé la de mi madre o mi abuela allá en el campo.

Pero también la compré por otra razón, sin la cual no estoy muy seguro haberla comprado; digo cuando el objeto de compra tiene un significado que trasciende el objeto en sí, como es mi caso con esta bici.

Las dos veces que me puse en contacto con la empresa, la primera en la feria y la segunda por mail, me atendieron sus dueños; no importa que fueran los dueños o no, lo que importa es que son tipos que aman las bicis y entienden muy bien por lo que otro tipo como ellos puede querer una. Tanto que me ofrecieron un test drive que acordamos en la UCR, y esa primer vuelta que me di después de tanto tiempo seguro se me queda grabada, con una bici medio parecida a las primeras que yo he usado, con la misma facilidad que siempre tuve para pedalear, como si fuera yo en todas las épocas de mi vida: un niño, un adulto, un viejo. Porque andar en bici es de esas cosas que no tienen tiempo, fecha ni edad, andar en bici solo se explica haciéndolo, y una vez que se aprende no se puede olvidar.

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Coca-Cola Journey: Un año lleno de historias para contar

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Cada vez que hacemos un viaje volvemos repletos de historias para contar. Hace un año nos lanzamos en esta aventura de conectar a la compañía con la gente, y las historias se multiplicaron en el viaje.

Coca-Cola Journey resultó ser mucho más que una revista digital sobre lo que hace la Compañía en la región y el mundo, fue el punto de encuentro de 10 países y las historias de su gente. Una montaña en San Pedro Sula con una cartel gigante de Coca-Cola y cientos de fotos compartidas por las personas que suben hasta él, cómo se formó el Club de Coleccionistas en Colombia, qué coleccionan y por qué, el plato preferido de los salvadoreños y sus fiestas nacionales o cómo se vive el antes, el durante y el después de un festival de rock en Costa Rica.

Lee la nota completa de nuestro primer año de trabajo en Coca-Cola Journey.

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