Sequía

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Ese verano había sequía y era notable el olor a tierra seca, el aire aspero y caliente, el suelo del bosque ruidoso por los palitos y las hojas resecas que se partían mientras caminábamos, como si el paisaje fuera un montaje de papel.

Cada verano esperábamos el día de armar el árbol de Navidad con cierta expectativa, sobre todo por lo incierto que era encontrarlo. Como en el campo había un bosque con algunos cipreses viejos salíamos a buscar una rama, lo más proporcionada y simétrica posible, con forma de árbol, y accesible de cortar. Serrucho en mano.

Esas vacaciones no estaban mis primos, no me acuerdo por qué, entonces solo iba con mi madre y mi hermana. Mi hermana debía tener unos 12 y yo unos 10 años. Además, un perro iba con nosotros. Era un perro de caza que entendía cuando uno le decía algo. Siempre andaba inquieto, buscando, y pocas veces  se relajaba. Salir con nosotros era ponerse en guardia y actuar como perro de caza, aunque no hubiera armas ni presas alrededor.

Para esa parte del inicio del verano el sol cae muy pasado el oeste, a la izquierda, buscando el sur, rojo y redondo, y aquel verano seco, sin un solo vestigio de nube que lo tapara. Al verlo de esta manera,  los más viejos decían que habría más sequía. Todo se ponía rojizo y era como estar dentro de un incendio. Y así estaba esa tarde mientras buscábamos la rama para hacer el árbol.

Encontrar la rama duraba poco tiempo en realidad, pero a mi me parecía un rato largo y mucho más largo me parece ahora que lo recuerdo, porque veo pequeños detalles de nuestros movimientos y el entorno, contaminados por otros paseos parecidos.

Buscábamos el árbol bastante cerca del 24 de Diciembre, porque como era una rama cortada se secaba y perdía follaje con los días, era algo que había que prever y así lo hacíamos. Generalmente íbamos “marcando” las ramas que nos iban gustando y al final del recorrido decidíamos. Además, esperábamos hasta la última hora de la tarde para salir porque antes el calor era insoportable y se dormía la siesta.

Mi hermana que es muy detallista iba más despacio que nosotros, que somos más ansiosos y atropellados. Esa tarde también iba al final y yo tenía la esperanza de que ella viera una  rama decente que nosotros hubiéramos pasado por alto.

La buenas crecían en plano oblicuo, hacia arriba, con el tronco principal recto, que era una condición necesaria para que árbol luciera erguido. No debía estar muy alta y debía existir un modo de subir hasta el lugar, cosa que yo hacía. Una vez arriba mi madre me pasaba el serrucho y yo cortaba.

La tarde se apagaba y no aparecía ninguna rama aceptable, a veces descubríamos una, pero al observarla con un poco más de detenimiento aparecían los defectos insalvables: punta mocha, tallo curvo, falta total de ramas en algunos de sus flancos. Terminada la revisión la marcha continuaba con las mismas expectativas; porque ya nos había pasado otras veces que de pronto aparecía una rama perfecta, justo cuando pensábamos que ese año no íbamos a encontrarla.

Quizás no había ramas bien formadas por la falta de lluvia que venía desde la primavera y el invierno. Esta es una conjetura que bien pudiera haber pasado por la mente de los que allí estábamos en la búsqueda, aunque nadie dijo nada de esto. Lo cierto es que la sequía es una situación rara, porque a veces dura mucho tiempo, pero uno sabe que sí o sí pasará y las lluvias vuelven.

Cuando encontrábamos una buena rama la transformábamos en árbol plantándola artificialmente en una gran maceta, que rellenábamos con escombros para que no se cayera, y al final con falso pasto seco de pesebre para que se viera bien. La rama, con sus luces, guirnaldas y bolas de colores brillantes se convertía en árbol. La estrella de siempre en la punta, siempre la misma, no entiendo como nos podía durar tanto.

Ya casi se hacía de noche y aún no habíamos visto ninguna rama buena, pero el crepúsculo de esos días de diciembre se estiraba bastante así que seguimos en la búsqueda.

 

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