El viaje de Pablito

image-2

Una vez me pasó de abrir la puerta de un bar bastante autóctono de la ciudad donde yo nací y ver una mesa grande con muchos de mis amigos sentados allí; hacía tiempo que yo no vivía en Córdoba y el evento nos sorprendió grande y gratamente a todos. Muchos años después, viviendo ya en Costa Rica, un amigo de alguien que me conocía llamado Pablito, me consultó por un itinerario de viaje por la ciudad de Córdoba, Argentina, “ciudad mediterránea por excelencia”, le aclaré al viajero de los trópicos desde las primeras líneas que le escribí.

Le dejé por escrito un itinerario con recorridos, sitios, bares y otras claves para lograr el tan anhelado turismo vivencial que todos queremos, experimentar el lugar que se visita como los que realmente son de allí; imposible. Sin embargo, intenté ser más metafórico que referencial, para introducirlo a la idiosincrasia de lo que eventualmente iba a encontrar, pulir un poco el cristal con el que iba ver.

Viajaría en octubre, por lo que le anticipé buen clima, tardes que comienzan a estirarse, los primeros calorcitos suramericanos, el cambio de aire estival para los pulmones oprimidos del invierno, la explosión colorida de las flores. No lo conecté con gente, porque no lo conocía lo suficiente para hacer eso, pero lo cartografié muy bien a nivel de acontecimientos, costumbres y lugares. Le expliqué, por ejemplo, que si viajaba en colectivo o en tren a Buenos Aires cruzaría ese territorio geográfico que la literatura Argentina ha pintado como la pampa. Creo que hasta le recomendé algunos autores.

En el escrito que le envié, le explicaba también sobre el entorno y las afueras de la ciudad, las sierras, los lagos, informándole de paso que durante su estancia sucedería la fiesta de la cerveza en Villa General Belgrano. Temí que el evento lo confundiera, de algún modo, o le robara esencia al espíritu cordobés, pero también pensé en su entretenimiento y en su capacidad de entender otras cosas que por todas partes también pasan.

En otro párrafo apunté el nombre de un bar de reminiscencias folclóricas y el de su dueño. Siempre me pareció una cortesía fundamental o un salvoconducto para el viajero de profundidad, pero cuando escribía todo esto nunca pensé que Pablito pudiera llegar tan lejos. Muchas veces la realidad se encarga de completar lo que la imaginación no puede.

Lamentablemente con el tiempo perdí el mail que Pablito me envió desde la ciudad donde yo nací y él acababa de conocer. Sin embargo recuerdo algunos asuntos e impresiones de su texto emocionado, casi urgente. El hotel era céntrico como le había dicho y los bares de La Cañada estaban repletos en las tardes. Casi todas la personas que veía en las calles eran jóvenes, estudiantes. Hizo una reseña de los choripanes del Parque Sarmiento y me confirmó melancólicamente que aún había ponis en la plaza de Alta Córdoba, que la luz era fabulosa en todas partes, que un taxista le reconoció el acento y le recitó de memoria al menos 5  jugadores de la selección de fútbol de Costa Rica. Me sorprendió el arraigo que en tan pocos días estaba desarrollando, y hasta me preocupé un poco por él.

Su relato comenzó a enredarse en la fiesta de la cerveza; para esa altura ya no me sorprendía que tan lejos pudiera llegar, más bien crecía mi curiosidad por el desenlace. Lógicamente aparecieron actores desconocidos, pero amables y dispuestos a intensificar su aventura. Regresaron a la capital en un transporte desconocido por el zigzagueante camino de montaña; me confesó sus náuseas. Quizás en el viaje él pronunció el nombre del bar, quizás les habló a mis coterráneos de mí en este verde enclave del trópico y ellos se vieron en la buena obligación de devolver favores, de hacernos quedar bien. Algunas veces la imaginación se conecta, se confunde o se camufla con la realidad de manera misteriosa.

Leyendo más pude confirmarlos reanimados, mientras se internaban en la siempre atractiva, vieja y desconocida ciudad nocturna, buscando el nombre y la dirección de ese bar de locales empedernidos, y por eso mismo muy turístico al final, pero no logré saber lo que allí hablaron, porque el texto solo decía que hablaron de mí.

Entre sus párrafos finales, intuyendo e interpretando, logré seguirle los pasos mientras bajaba por alguna de esas diagonales que conectan Nueva Córdoba con el Centro, un poco desorientado y sorprendido por la cantidad de grupos de muchachas bonitas que se cruzaban como si nada con él, abriendo la puerta del bar que yo le apunté, sentado en una gran mesa, desde donde afirmaba que había muchos amigos míos, y el mismo dueño del bar. Es todo, no he vuelto a saber nada más de aquel viaje ni de Pablito.

 

Anuncios
El viaje de Pablito