Breve autoetnografía de mis lecturas

Hace poco me pidieron unos textos que hablaran sobre mi relación con la lectura y salió esto. Se los comparto, aunque con seguridad ya sean  historias compartidas.

Bibliotecas

Yo atribuyo que mi contacto con la lectura se inició por una cuestión familiar y se consolidó por el aislamiento rural. Después de eso, considero que la lectura me ha dado y me da sobre todo consuelo, consuelo de poner palabras e imágenes a cuestiones hasta entonces inaccesibles para mí, y de un modo análogo pero inverso, tramas vívidas a los razonamientos, un espejo que me devuelve fragmentos la vida real. Puesto así, leer es como vestir lo inmaterial, es capturar algo que estaba en el aire, es pescar algo de la nada, es rescatarse del olvido.

En un plano aún más personal, leer siempre me produjo  la sensación de no estar perdiendo el tiempo; mejor de estar ganándome un tiempo extra de otra dimensión; una energía particular al concluir un texto, una felicidad íntima o una infelicidad, algo difícil de explicar.Si no me equivoco Hemingway usaba una analogía sexual para explicar este hecho, aunque no recuerdo si era para la lectura o la instancia de la producción, decía que terminar una obra podía darle una gran felicidad o un gran vacío, como cuando se termina de hacer del amor.

Niñez sin lectura, por suerte

En casa y en la casa de mis abuelos paternos había buenas bibliotecas y se hablaba de literatura. Más que hablarse de literatura en sí, se hablaba de temas relacionados a la vida, obra y opiniones políticas de escritores, lectura de periódicos, libros y publicaciones. La lectura era una referencia por sí misma, es decir se hablaba de una lectura o de un autor, casi como si hablara de una verdad. Además, tenía una connotación de darse importancia: leer estaba bien. Yo era un niño que no leía absolutamente nada, lo que hoy me parece muy justo y razonable, con todo lo que había para hacer en el patio de la casa de mis abuelos.

Sin embargo, recuerdo, una vez que me engripe muy fuerte, mi padre me regaló “Vuelo Nocturno” de Antoine de Saint-Exupéry. Nunca leí ese libro, pero siempre me dio inquietud no haberlo leído.

Mi abuela paterna era una lectora avanzada y profesora de literatura francesa, mi abuelo paterno odontólogo, pero muy lector de prensa y, sobre todo, de la lectura enciclopédica de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre, que es ingeniero electrónico, siempre habló de Borges y mi madre es una lectora empedernida, que lee cuanto libro encuentra. Dos tías de ella, solteronas de pueblo de cultura erudita, también lo habían sido, pero mucho más metódica y aleccionadoramente.

La cosa era que por todos lados había para leer, libros, pilas de revistas, enciclopedias, periódicos. Pero yo era un niño que no leía y, de algún modo, creo recordar que eso se me había hecho notar en algunas oportunidades, como diciendo, que raro que Fede no lee, como si se esperara justamente lo contrario de mí; aunque no puedo estar seguro de esto.

Crecí en un ambiente rural, en una casa vieja y grande, con poca televisión y mucho campo para jugar. Nada de video juegos, salvo los de la salita de juegos del pueblo. Lo raro era que yo sabía, desde muy joven de escritores y libros, los tenía ahí, pero no los leía. Por ejemplo mi hermana si leía los libros para niños, cuando teníamos entre 10 y 12 años respectivamente. Al consultarla los recordó perfectamente: Anne, la de tejados verdes, Mujercitas, Los cinco van de camping”, Heidi y más. De grande a Magda se le dio bastante por pintar y muy poco por leer.

Año 1993: Primeras lecturas

BibliotecasEn segundo año de la Escuela Nacional de Agricultura nuestra profesora de Literatura nos hizo leer y analizar el Martín Fierro a principio de año y los Cuentos de Amor, Locura y de Muerte al final. Cómo a quien no, me impactó la Gallina degollada o el Almohadón de Plumas, junto a la trágica biografía de Quiroga, y la conmovedora historia de nuestro Martín Fierro en la vida salvaje de la pampa.

Las clases terminaron, pero aquel verano la pileta del único club que existía en mi pueblo no abrió. Vamos a localizarnos, sudeste de la provincia de Córdoba, Argentina, transición entre la pampa seca y la pampa húmeda, pueblitos monótonos y simétricos, partidos por las vías del tren. Inviernos fríos y veranos muy calurosos, a veces insoportables. Vida social escasa, esparcimientos culturales inexistentes. Mucha libertad y espacio, pero pocos estímulos para la inquietud de un adolescente (Habló de un mundo sin Internet).

Algunas de estas siestas del verano de 1994 nos íbamos al río, pero como era prohibido tenía una logística de escape compleja, más problemática para unos que otros integrantes del grupo de amigos. Además, el camino era un largo y polvoriento tirón de bicicleta de 4 km al menos. Comencé a leer por mi cuenta una de esas siestas de ese verano, porque en casa estaban las obras completas de Quiroga, que salieron en unas colecciones muy económicas de Pagina 12. Tenía 14 años y ya nunca más dejé de leer, con fluctuaciones de intensidad. Por cierto, leía mucho Pagina 12, porque era el periódico dominical de mi casa. Leía sobre todo el suplemento cultural Radar y lo llevaba los lunes al colegio para compartirlo con algunos compañeros de clases.

Con respecto a Radar vale contar una anécdota, que quizás pueda hablar, de manera insipiente, del boon de la comunicación en medios sociales y cosas por el estilo. En aquel suplemento dominical había una sección, una pequeña columna llamada ¿Yo me pregunto?. Desde allí el periódico proponía una pregunta -siempre recostada en lo insólito, lo grotesco, lo capcioso- y los lectores participaban en contestarla. Había algunos muy ocurrentes y hasta un poco celebres en ese micro estilo de frases perspicaces. Claro que en esa época la Internet era escasa. Sin ir más lejos, en nuestro colegio, situado en las afueras de la localidad de Bell Ville, la conexión a Internet más cercana y accesible para nosotros era el Correo Argentino, ubicado en el centro de dicha ciudad. Pero nosotros no teníamos cuenta de correo electrónico. La otra opción era el Fax y esa opción era la que tomábamos.

Redactábamos las respuestas con nuestros respectivos seudónimos en una hoja y un compañero que vivía en la ciudad, que hoy es veterinario, pedaleaba unas cuadras extras hasta el correo desde donde enviaba el fax. Salimos en varias oportunidades y era notable la emoción que nos daba leernos en nuestras respuestas insólitas, reconocernos en nuestros seudónimos, cada lunes, cuando yo llevaba el suplemento a la escuela. Existíamos, salíamos en Página 12.

Todo aquel verano de 1994 leí recostado transversalmente en un sillón de una plaza, con las piernas colgando y medio torso por fuera del apoya brazos, posición que repito cada vez que regreso a esa casa, aunque hayan pasado algunos años y la posición me dé dolor de espalda. De Quiroga salté a García Márquez esa misma temporada, que todavía estaba muy de moda y en casa estaban todos sus libros.

Puedo recordar muy bien que el primer libro que leí fue Relato de un Náufrago. Después Crónica de una Muerte Anunciada, el Amor en los Tiempos del Cólera y así hasta leer gran parte de sus obras.

Años después, ya habiendo concluido mi carrera de comunicación en la UCN, regresé un periodo a mi casa materna y releí esos mismos libros, sobre todos estos primeros y algunos que toqué de reojo porque eran muy discutidos en la facultad, como el Facundo de Sarmiento, que me fascinó especialmente. Releer en mi experiencia de lector siempre ha sido un ejercicio interesante y he releído muchos textos, como los cuentos de Borges El Sur, El Fin, Funes el Memorioso o El Muerto; me parecen textos geniales, que recrean una realidad “alucinada”, perfecta, una mirada particular e infinitamente clara del confuso mundo que nos rodea.

Leyendo continué leyendo, saltaba de libro en libro y de autor en autor, ya sea por recomendaciones o por los enganches que la misma lectura me iba haciendo. Por ejemplo, un amigo del pueblo, bastante mayor que yo y que ya estudiaba antropología en la Plata – ahora es director de cine-me recomendó a Ricardo Piglia. Me compré Respiración Artificial, lo leí, me gustó mucho aunque sabía que entendía la mitad de lo que decía, pero de ahí salté a muchos otros escritores. Más adelante, cuando estuve en la Universidad, lo leí nuevamente (Proceso inverso que con el Facundo, pero que igualmente explica esa relación que vamos desarrollando con las lecturas).

Así fue como de ser un niño que no leía pasé a ser un adolescente que leía, siempre leía, sobre todo en vacaciones o los fines de semana. Más adelante me apasionaron muchos otros escritores y las lecturas se siguieron dando de la misma manera, enganchadas sin planificación de mi parte, unas con otras. Rara vez busqué un libro, más bien los libros me alcanzaban a mí. Me acuerdo que cuando viví un año en Madrid (Primer exilio), en el apartamento que me tocó había una biblioteca interesante. Buscando en ella me encontré a Celine y leí Viaje al Final de la Noche, refugiándome de las siestas saturadas de luz y calor del verano madrileño.

Y observemos esta otra curiosidad que creo que a los lectores suele pasarnos y que viene a lo que estoy contando. Hace poco, leyendo un texto de Antonio Tabucchi, Viajes y otros viajes, donde el autor redacta sus impresiones de turista y estancias breves en distintas partes del mundo, me encuentro con su capítulo de Madrid y con las mismos rutinas que yo viví en las recomendaciones que él hace sobre lo bueno que puede ser conocer esa ciudad en agosto. Claro que es uno de mis escritores preferidos y seguramente coincidimos (El ha hecho que yo coincida con él con el tiempo) en muchas opiniones sobre los itinerarios para refugiarse del calor. Porque la verdad es que el calor es tan seco que una vez que baja un poco el sol uno tiene esa larguísima tarde para recorrer una ciudad vacía y en paz. Con esto quiero decir que los lectores quedamos por siempre conectados con nuestras lecturas, nos reencontramos y nos cruzamos, con esa otra dimensión, antes, durante y después de las experiencias, todo el tiempo.

Por ejemplo, siempre me acuerdo del gran impacto que me causo la lectura de la novela “El sueño de los Héroes” de Adolfo Bioy Casares, que leí más o menos alrededor de mis 18 años. Los carnavales porteños, la noche, el alcohol, esa masculinidad marginal y decadente del final de los compadritos en el Doctor Valega sirviendo la cerveza helada, de Emilio Gauna hablando con el peluquero sobre una potrillo que ganaría la carrera del domingo.

Lectura y universidad

Cuando comencé la universidad disminuí notablemente el ritmo de lectura, porque la carrera de comunicación social me otorgaría varias, que al principio consumían todo tiempo; y nótese que una cosa era para mí estudiar, leer textos sistematizados por el sistema de enseñanza, y otra muy distinta era leer lo que yo quería. Pero más avanzado en la carrera, con mucha frecuencia restringí lecturas obligatorias por Hemingway, Faulkner, Di Benedetto o Cortázar.

El encuentro con Hemingway y las definiciones

Detallo este encuentro porque fue un autor que me eclipsó y me acompañó por varios años, promediando la carrera de periodismo, alrededor de los 24 años. Contrario a lo que cualquier profesor de literatura acaso pudiera indicarnos tomé una ejemplar de Paris era una fiesta de una mesita siempre llena de libros, ceniceros, linternas, tacitas y más cosas que mi padre tenía en su casa de campo. A partir de esa lectura conocí a Scott Fitzgerald, pero a quien leí muchos años después, como muchos años después de haber leído algunos textos de Borges o novelas de Piglia leí a Macedonio Fernández. Es un camino que se va haciendo la lectura, como una picada, que poco a poco el monte va atravesando.

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La desproporcionada pluma de Hemingway para narrar aspectos que para los amantes de la literatura no pueden ser más interesantes, como la propia vida de los escritores, me atrapó por completo. Quedé fascinado con sus historias de la generación perdida, y mucho más con su forma de narrarla. Había descubierto yo, con su mirada, otra manera de mirar la vida. Por mucho tiempo leí sólo a Hemingway y sus historias; un gran contador de historias, aunque no haga falta que yo lo diga. Hace poco Woody Allen llevó al cine todo esto, la fascinación de un lector – escritor por el universo mítico de sus autores preferidos, y como esas lecturas tienen que ver con las decisiones que estos toman en sus vidas.

La lectura de hoy

He vivido en el campo y en la ciudad desarrollada y sub desarrollada, he viajado un poquito por Europa y un poquito más por Latinoamérica. Hace 4 años que vivo en la ciudad de San José, Costa Rica, un sitio muy diferente a donde crecí, cultural y paisajísticamente antagónico se podría decir.
No puedo saber aún como se relaciona la lectura con mi exilio porque aun no entiendo el exilio. Y sería poco prudente decir que mi exilio estuvo directamente relacionado a mis lecturas, aunque si me parece razonable decir que todo lo que he hecho en la vida ha estado relacionado con la lectura, así que de algún modo, estará asociada a mi exilio, pero no de manera determinante, sino junto a todo lo demás.

Apenas llegué a Costa Rica leí un libro que se presentó como menor y me resultó esencial, Casada con una leyenda, de Henrietta Boggs, primera mujer de una figura política muy importante para la historia política de Costa Rica, poco más que eso, la figura que determina que Costa Rica sea hoy como es, por ejemplo un país sin ejército. Me tocó mucho la narración con sus apreciaciones de extranjera recién arribada a Costa Rica (Ella es estadounidense) y su permanencia en el país. El calor aplastante y la exuberancia tropical de las costas del atlántico, en contraste con el frío de las zonas centrales y montañosas, la primera impresión de la lluvias interminables de la estación lluviosa, la idiosincrasia aldeana de su gente, con su mirada puesta en los Estados Unidos.

Luego leí buena parte de la literatura nacional y algunos sus escritores fundamentales, como Carlos Luis Fallas y Joaquín Gutiérrez. Por pertenecer a una generación de intelectuales de ciertos tiempos emergen muchos conflictos políticos y sociales, pero también la selva, la lluvia, el mar, la montaña; la belleza, la preponderancia y la fuerza incontrolable de la naturaleza.

Pero yo ya había leído El Río Oscuro de Alfredo Varela, y la lectura es entonces para mí como uno de esos grandes ríos oscuros del noreste argentino, y digo para mí porque se trata de mi experiencia, aunque como dice Borges, nuestras nadas poco difieran.

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