Cuatro gallinas

d76e4b45-9bcf-4c5a-b96c-e5da824700d6
Dibujo de @jorgekazbek

Hay que pensar que estámos en alguna remota región de la pampa argentina, que Beltroni es médico veterinario y que es un día muy caluroso de diciembre, más precisamente un 24. Hay que observar que Beltroni tiene un auto grande, ni viejo ni nuevo, bastante maltrecho por los ajetreos de los caminos rurales. Hay que visualizar a este vehículo desplazándose por una ruta desolada a la hora de siesta, pero hay que ser capaz de ir más profundo. No solo hacia adentro del auto, con el polvo volando por el viento que entra por las ventanillas abiertas, ni detrás de las micro gotas de sudor de su frente, ni al trasfondo de su expresión contrariada, sumergida en el bullicio de la radio encendida que solo él podía descifrar.  Hay que intentar además responder por qué hay cuatro gallinas que viajan con sus picos abiertos en el asiento trasero. ¿Es que su contacto cotidiano con los animales lo había sensibilizado tanto que cualquiera de ellos que caía en su casa se transformaba en su mascota inseparable?

Hay que viajar con él y sus cuatro gallinas, sentarse en el asiento del acompañante y encender ese cigarrillo que él hará que apaguemos por la salud de las aves, ponernos en su piel si fuera posible para entender lo que está pasando. Aún si esto fuera posible, cuando Beltroni empiece a detener la velocidad por el puesto de policía caminera, que primero aparece como un espejismo borroso en la ruta vacía hasta hacerse inminente, habría que ser muy ocurrente para acercarse al menos un poco a la respuesta que Beltroni le dio a los policías, tras ser cuestionado por el transporte irregular de animales de granja. Dicen que lo dijo muy sonriente y pudo seguir viaje.

 

Anuncios
Minientrada

El toro real

toro-1-5
@jorgekazbek

Hay días que parecen estar hechos para que algo fuera de lo común ocurra: un accidente, un evento extraordinario. Aquel día en el campo parecía ser uno de esos, un domingo helado de junio, sin una sola nube, una tarde atrapada en su postal, con el sol apagándose como una brasa en el invierno de la pampa.

Acaso Alberto pudo presentir algo en aquella quietud artificial, al respirar ese falso aire de calma que contenía un grito de auxilio ahogado en el silencio rural. Estudiante de periodismo, había cambiado el campo por la ciudad, donde regresaba con frecuencia  para visitar a sus padres y algunos amigos.

En el campo había un rodeo de vacas Holando Argentino para la producción de leche. Como suele acostumbrarse, había también un toro de la misma raza, esas vaquitas blancas y negras, que son bien conocidas por su mansedumbre. Sin embargo el macho, aunque también demuestra este mismo comportamiento en la juventud, pasado los dos años de edad suele manifestar un repentino cambio de temperamento.

El toro siempre estaba allí, a veces junto al rodeo, otras veces aislado para que no molestara, según la necesidad. En los últimos días había sido común oirlo bramar y mugir quejosamente más de la cuenta. También rascar el suelo con sus patas delanteras y echarse tierra al lomo, que es una señal muy típica del mal humor o enojo de estos animales. Ya había superado los 2 años de edad y su biología lo iba haciendo malo puntualmente, solo porque la naturaleza se lo iba indicando.

Esa tarde tan quieta se lo había escuchado bramar desaforadamente, como si él fuese el único habitante del campo. Alberto lo había visto un día antes, muy cerca de la casa, enmarcado en el espacio que dejaban los extremos de una tranquera abierta, a contraluz, grande y siniestro, haciendo todo su repertorio de bestia enojada. Es más, al verlo se fue por su cámara de foto, pero al regresar ya se había cambiado de lugar y la fotografía carecía del valor pictórico que había visto en el cuadro anterior.

Visto desde aquí, todas las cosas parecían ir prefigurando el terreno para una desgracia. La tarde fría parecía un cristal a punto de estallar y aunque el toro se había ido apoderando de la escena campestre, nadie en realidad pudo anticipar lo que sucedería. O sí, y quizás la madre de Alberto habría dicho… “¿qué vamos a hacer con ese animal?, los otros días no pudimos sacarlo del corral…” Pero lo cierto es que nadie recordó al final si esto lo dijo antes o después del siniestro.

Todos estaban en la cocina, cerca de la estufa a leña porque hacía frío de verdad, unos 4 o 5 grados al caer la tarde. En eso escucharon los gritos de una mujer y cuando salieron ya todo había pasado. Jorge, el hombre encargado del ganado estaba todo ensangrentado, casi no podía caminar y se sostenía sobre su mujer que pedía ayuda en estado de shock; porque ella había visto todo lo que había pasado.

Jorge había intentado mover el toro de una parcela a otra, pero el toro había hecho caso omiso a sus intenciones, sin dejar de mostrarle lo poco que le gustaba que lo molestaran un domingo por la tarde. Era el día del padre, quizás esa atmósfera de reencuentro y resguardo familiar se respiraba también en el ámbito de la granja.

Según la misma mujer de Jorge contó después, ante la negativa del animal Jorge dio la vuelta -iba a pie- para retirarse, y en ese instante el toro lo embistió desde atrás. Lo tiró al suelo y ya no lo dejó, a pesar de todo lo que Jorge hizo para librarse y no librarse, que es la recomendación más usual: tirarse al suelo y fingir rigidez de muerto, que en este caso el animal aprovechó para revolcarlo y presionarlo más contra el suelo, con su cabeza gigante (por suerte sin cuernos), usando la fuerza descomunal de su cuello. Esto duró un tiempo difícil de precisar y fue hasta cuando la mujer de Jorge salió corriendo y gritando hacia el medio del campo cuando el toro frenó. Una especie de distracción, algo que le hizo “pensar” en lo que estaba haciendo o vaya uno a saber.

Antes de poder planear nada la noche cubría el campo como una gran frazada helada y Jorge estaba en el hospital, con bastante cortes y magulladuras, pero milagrosamente sin ninguna herida de gravedad. Una vez recibida la noticia la familia comenzó a deliberar quién iría a recoger el ganado esa madrugada, porque el padre de Alberto estaba en el hospital y ahora él era el único “hombre” que había quedado en el campo, así que debería ir.

La noticia lo asustaba y le agradaba al mismo tiempo. Internarse en la oscuridad de la madrugada, caminar por donde el animal había atacado a un experimentado hombre de campo, vivir su peligro, estar en una situación real. Era una buena historia para contar en la universidad,  pero además, la oportunidad de levantar la alicaída estampa campestre que le había dejado su giro profesional.

Se fue a dormir temprano para descansar y soñó con el toro, estaba idéntico a la foto que le hubiera querido sacar, pero ahora tenía manchas de sangre en la cara. No fue difícil notar lo afectado que estaba por lo que había ocurrido, pero no sentía miedo, más bien le sorprendía con la fidelidad que el toro se veía en el sueño, aunque no lo hubiera vuelto a ver después del día anterior al evento.

Se despertó solo, antes que sonara el despertador a las 5 de la mañana, fue a buscar su “ropa vieja de campo”, pues él vivía en la ciudad y esos días estaba de visita. Se abrigó mucho, tanto que le impedía una buena movilidad en caso de necesitarlo, y tomó la vieja carabina de su abuelo, que es una arma de largo alcance y bajo calibre, muy usada para combatir alimañas, como comadrejas y zorrillos en el campo. No es un arma capaz de detener a un animal de ese tamaño, pero al menos tenía algo en sus manos, algo que le daba una mínima oportunidad ante un desenlace desafortunado, ante el embiste furibundo del animal, ante el miedo, al menos tener la posibilidad de disparar.

En la oscuridad solo se escuchaban las pisadas dóciles de las vacas en el pasto escarchado y el mujido temerario del toro, que parecía percibir la presencia de Alberto y hacer notar ese disgusto a cada paso. No podía verlo pero si imaginarlo de muchas maneras: caminando a un costado, moviendo su cabeza hacia los lados, separado de él apenas por un par de vacas, detenido con la cabeza en alto, pendiente de su intromisión.

El frío amplificaba todo los temores que está situación iba generando, con el cuerpo adormecido, temblando retraído en la soledad de la madrugada, como si ese fuese su último esfuerzo por crecer, trabado en la disyuntiva de querer y no querer dejar de ser un niño.

Así fue llevando el rodeo, muy despacio, con los sonidos típicos que las vacas acostumbraban escuchar, a pie porque no había caballos en esa época “moderna”, dejando que las vacas siguieran tranquilas su rutina de traslado.

Cuando llegaron a la ensenada grande donde los animales debían reposar ya estaba aclarando y pudo verlo por primera vez después de lo que había pasado, mezclado entre la vacas, bastante lejos de donde él estaba. Tuvo de pronto mucho miedo, una sensación fría le recorría todo el cuerpo, un shock que lo paralizó, quizás por entender que había estado muy cerca del toro en plena oscuridad. Era algo muy real, quizás lo más real que había vivido hasta entonces.

 

 

Minientrada

Sequía

SAMSUNG CAMERA PICTURES

Ese verano había sequía y era notable el olor a tierra seca, el aire aspero y caliente, el suelo del bosque ruidoso por los palitos y las hojas resecas que se partían mientras caminábamos, como si el paisaje fuera un montaje de papel.

Cada verano esperábamos el día de armar el árbol de Navidad con cierta expectativa, sobre todo por lo incierto que era encontrarlo. Como en el campo había un bosque con algunos cipreses viejos salíamos a buscar una rama, lo más proporcionada y simétrica posible, con forma de árbol, y accesible de cortar. Serrucho en mano.

Esas vacaciones no estaban mis primos, no me acuerdo por qué, entonces solo iba con mi madre y mi hermana. Mi hermana debía tener unos 12 y yo unos 10 años. Además, un perro iba con nosotros. Era un perro de caza que entendía cuando uno le decía algo. Siempre andaba inquieto, buscando, y pocas veces  se relajaba. Salir con nosotros era ponerse en guardia y actuar como perro de caza, aunque no hubiera armas ni presas alrededor.

Para esa parte del inicio del verano el sol cae muy pasado el oeste, a la izquierda, buscando el sur, rojo y redondo, y aquel verano seco, sin un solo vestigio de nube que lo tapara. Al verlo de esta manera,  los más viejos decían que habría más sequía. Todo se ponía rojizo y era como estar dentro de un incendio. Y así estaba esa tarde mientras buscábamos la rama para hacer el árbol.

Encontrar la rama duraba poco tiempo en realidad, pero a mi me parecía un rato largo y mucho más largo me parece ahora que lo recuerdo, porque veo pequeños detalles de nuestros movimientos y el entorno, contaminados por otros paseos parecidos.

Buscábamos el árbol bastante cerca del 24 de Diciembre, porque como era una rama cortada se secaba y perdía follaje con los días, era algo que había que prever y así lo hacíamos. Generalmente íbamos “marcando” las ramas que nos iban gustando y al final del recorrido decidíamos. Además, esperábamos hasta la última hora de la tarde para salir porque antes el calor era insoportable y se dormía la siesta.

Mi hermana que es muy detallista iba más despacio que nosotros, que somos más ansiosos y atropellados. Esa tarde también iba al final y yo tenía la esperanza de que ella viera una  rama decente que nosotros hubiéramos pasado por alto.

La buenas crecían en plano oblicuo, hacia arriba, con el tronco principal recto, que era una condición necesaria para que árbol luciera erguido. No debía estar muy alta y debía existir un modo de subir hasta el lugar, cosa que yo hacía. Una vez arriba mi madre me pasaba el serrucho y yo cortaba.

La tarde se apagaba y no aparecía ninguna rama aceptable, a veces descubríamos una, pero al observarla con un poco más de detenimiento aparecían los defectos insalvables: punta mocha, tallo curvo, falta total de ramas en algunos de sus flancos. Terminada la revisión la marcha continuaba con las mismas expectativas; porque ya nos había pasado otras veces que de pronto aparecía una rama perfecta, justo cuando pensábamos que ese año no íbamos a encontrarla.

Quizás no había ramas bien formadas por la falta de lluvia que venía desde la primavera y el invierno. Esta es una conjetura que bien pudiera haber pasado por la mente de los que allí estábamos en la búsqueda, aunque nadie dijo nada de esto. Lo cierto es que la sequía es una situación rara, porque a veces dura mucho tiempo, pero uno sabe que sí o sí pasará y las lluvias vuelven.

Cuando encontrábamos una buena rama la transformábamos en árbol plantándola artificialmente en una gran maceta, que rellenábamos con escombros para que no se cayera, y al final con falso pasto seco de pesebre para que se viera bien. La rama, con sus luces, guirnaldas y bolas de colores brillantes se convertía en árbol. La estrella de siempre en la punta, siempre la misma, no entiendo como nos podía durar tanto.

Ya casi se hacía de noche y aún no habíamos visto ninguna rama buena, pero el crepúsculo de esos días de diciembre se estiraba bastante así que seguimos en la búsqueda.

 

Minientrada

La primer bicicleta que me compré en la vida, fue acá, en Costa Rica

Foto tomada de la página https://nibionline.com

Soy un ciclista natural, lo fui desde niño. Con esto no quiero confundirlos con términos competitivos, siempre fui un pedaleante que usó la bici con fines prácticos. Primero en la niñez para cubrir distancias largas y desplazarme. Más adelante para lo mismo, pero ya con la conciencia suficiente para disfrutar esa sensación de libertad y hacer ejercicio, mientras escudriñaba el entorno en 180 grados y un poquito más.

Sin embargo nunca me compré una bici, sí otras cosa como un automóvil, según fue necesario. ¿Porqué?.

Cuando era niño vivía en el campo, en las inmediaciones de un pequeño pueblo rural. Largas distancia sobre ese territorio excepcionalmente plano de la pampa hacían que la bici fuera un gran aliado. Pedalear hasta la escuela, hasta la plaza, la cancha de fútbol, la casa de un amigo; ir y venir cuantas veces fuera necesario en un mundo sin redes sociales, donde la presencia física era la más relevante y única manera de participar.

En esa época usé bicicletas familiares heredadas, bastante pesadas y desactualizadas, hasta que me compraron una bici de carrera, que eran las que estaban de moda por entonces. Un poco incomoda, pero veloz y rendidora para un chico de 11 años.

En mi adolescencia tuve una incursión por el motociclismo, que respondía a los mismos objetivos, potenciados por las torpes necesidades de la edad. Por suerte pasó rápido.

Cuando llegó el tiempo de la universidad pasé al autobús o colectivo, como le decimos en Argentina. Sin embargo casi al final de mi carrera volví a mirar la bici como medio de transporte. Ya muy habituado a la ciudad, le pedí prestada a mi padre una bici de mountain bike que él se había comprado cuando la fiebre de MTB se esparcía por el mundo. Era una bici muy buena que él ya no usaba y yo estaba en una época de transición, desde un lugar que no entendía a otro que desconocía, como suele pasarnos. La bici me ayudaba a transportarme con libertad y de manera económica, a mantenerme en forma.

Con esa bici conocí Córdoba de una manera totalmente diferente, solo o con amigos que se sumaban a paseos de fin de semana. Cubría algunos trayectos obligados, investigaba y me inventaba nuevos. La ciudad era totalmente distinta a la que yo había conocido, unida por secretos pasadizos, ocultos hilos urbanos que yo descubría en secreto. Pedalear, leer y avanzar con mi tesis eran mis actividades de entonces, pero sabía que eso era una pequeña etapa de mi vida y que pronto, de una forma u otra los cambios llegarían. Pedalear y leer, casi exclusivamente, son dos lujos en este mundo contemporáneo.

Desde que vivo en Costa Rica, más que de un chepecletas o un ocasional paseo en bici por las playas cercanas a puerto viejo no pasé. El tránsito me intimidó, la lluvia, el estilo de vida de bicho de ciudad, el ir venir del trabajo, que escasamente se puede hacer en carro y estoicamente en autobús.

Pero hace poco fui a una expo bici en la Aduana y vi una bici que me llamó mucho la atención, conversé con uno de los chicos del stand y me quedé con la idea de comprarla para paseos cercanos los fines de semana y festivos, cuando el tránsito disminuye. Dar unas vueltas por la UCR, ir cubriendo pequeños trayectos de mi barrio, descubrir el otro San José, que bastante he caminado pero que necesito las dos ruedas para poder recorrerlo cabalmente.

Me compré una Nibi porque me pareció una bici genial, diseñada por ticos, pensada para usarla en la sinuosa urbanidad tica. La bici tiene guardabarros para no mojarnos, cinco velocidades para afrontar cuestas y todo el sistema de cambios sellado, para que el agua y la humedad no dañen el mecanismo. Todos lo demás es clásico, incluido su diseño. Estoy casi seguro que mi hija Julia la llegará usar, como yo usé la de mi madre o mi abuela allá en el campo.

Pero también la compré por otra razón, sin la cual no estoy muy seguro haberla comprado; digo cuando el objeto de compra tiene un significado que trasciende el objeto en sí, como es mi caso con esta bici.

Las dos veces que me puse en contacto con la empresa, la primera en la feria y la segunda por mail, me atendieron sus dueños; no importa que fueran los dueños o no, lo que importa es que son tipos que aman las bicis y entienden muy bien por lo que otro tipo como ellos puede querer una. Tanto que me ofrecieron un test drive que acordamos en la UCR, y esa primer vuelta que me di después de tanto tiempo seguro se me queda grabada, con una bici medio parecida a las primeras que yo he usado, con la misma facilidad que siempre tuve para pedalear, como si fuera yo en todas las épocas de mi vida: un niño, un adulto, un viejo. Porque andar en bici es de esas cosas que no tienen tiempo, fecha ni edad, andar en bici solo se explica haciéndolo, y una vez que se aprende no se puede olvidar.

Minientrada