La Liebre Mari

Caminata diaria de las tardes del invierno de 1998 en un rectángulo amarillento de la pampa Argentina. Detrás de una fila de Eucaliptos, la casa de mi madre. Yo estaba de visita. Hacia delante el campo yermo, seco y aplastado por los rigores del invierno. Por el alambre que delimitaba ese lote con otros sucesivamente similares, justo debajo de un Tala, percibí un movimiento, algo insignificante en la inmensidad del campo, en la nada de la tarde. El sol declinaba. Surgidos repentinamente del bosque de Eucaliptus, tres perros flacos, cimarrones agalgados, salieron corriendo hacia lo que mi percepción había detectado como un mínimo del movimiento debajo del Tala. De allí saltó la liebre que los perros en su trayectoria, ahora bifurcada, perseguían. Dos detrás de ella y uno al sesgo de la carrera de la presa. Duró instantes, los dos perseguidores principales acortaron distancia pero no parecían poder alcanzarla, en cambio el solitario al sesgo estaba llegando a su encuentro. La carrera de la liebre fue eliptica, en semicírculo, como intentando omitir la simetría irrevocable del terreno. Justo cuando el tercer perro iba alcanzarla dio un veloz giro sobre su eje y salió en franca línea recta para perderse detrás de la hilera de Eucaliptus.474a23c0-01c9-436f-96a8-c571dff57b21.jpgNunca supe bien si fue una liebre real o es la liebre de algún libro que he leído. La he llamado a Liebre Mari, por un amigo muy inteligente que siempre fue capaz de librarse bien de cualquier situación.

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El viaje de Pablito

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Una vez me pasó de abrir la puerta de un bar bastante autóctono de la ciudad donde yo nací y ver una mesa grande con muchos de mis amigos sentados allí; hacía tiempo que yo no vivía en Córdoba y el evento nos sorprendió grande y gratamente a todos. Muchos años después, viviendo ya en Costa Rica, un amigo de alguien que me conocía llamado Pablito, me consultó por un itinerario de viaje por la ciudad de Córdoba, Argentina, “ciudad mediterránea por excelencia”, le aclaré al viajero de los trópicos desde las primeras líneas que le escribí.

Le dejé por escrito un itinerario con recorridos, sitios, bares y otras claves para lograr el tan anhelado turismo vivencial que todos queremos, experimentar el lugar que se visita como los que realmente son de allí; imposible. Sin embargo, intenté ser más metafórico que referencial, para introducirlo a la idiosincrasia de lo que eventualmente iba a encontrar, pulir un poco el cristal con el que iba ver.

Viajaría en octubre, por lo que le anticipé buen clima, tardes que comienzan a estirarse, los primeros calorcitos suramericanos, el cambio de aire estival para los pulmones oprimidos del invierno, la explosión colorida de las flores. No lo conecté con gente, porque no lo conocía lo suficiente para hacer eso, pero lo cartografié muy bien a nivel de acontecimientos, costumbres y lugares. Le expliqué, por ejemplo, que si viajaba en colectivo o en tren a Buenos Aires cruzaría ese territorio geográfico que la literatura Argentina ha pintado como la pampa. Creo que hasta le recomendé algunos autores.

En el escrito que le envié, le explicaba también sobre el entorno y las afueras de la ciudad, las sierras, los lagos, informándole de paso que durante su estancia sucedería la fiesta de la cerveza en Villa General Belgrano. Temí que el evento lo confundiera, de algún modo, o le robara esencia al espíritu cordobés, pero también pensé en su entretenimiento y en su capacidad de entender otras cosas que por todas partes también pasan.

En otro párrafo apunté el nombre de un bar de reminiscencias folclóricas y el de su dueño. Siempre me pareció una cortesía fundamental o un salvoconducto para el viajero de profundidad, pero cuando escribía todo esto nunca pensé que Pablito pudiera llegar tan lejos. Muchas veces la realidad se encarga de completar lo que la imaginación no puede.

Lamentablemente con el tiempo perdí el mail que Pablito me envió desde la ciudad donde yo nací y él acababa de conocer. Sin embargo recuerdo algunos asuntos e impresiones de su texto emocionado, casi urgente. El hotel era céntrico como le había dicho y los bares de La Cañada estaban repletos en las tardes. Casi todas la personas que veía en las calles eran jóvenes, estudiantes. Hizo una reseña de los choripanes del Parque Sarmiento y me confirmó melancólicamente que aún había ponis en la plaza de Alta Córdoba, que la luz era fabulosa en todas partes, que un taxista le reconoció el acento y le recitó de memoria al menos 5  jugadores de la selección de fútbol de Costa Rica. Me sorprendió el arraigo que en tan pocos días estaba desarrollando, y hasta me preocupé un poco por él.

Su relato comenzó a enredarse en la fiesta de la cerveza; para esa altura ya no me sorprendía que tan lejos pudiera llegar, más bien crecía mi curiosidad por el desenlace. Lógicamente aparecieron actores desconocidos, pero amables y dispuestos a intensificar su aventura. Regresaron a la capital en un transporte desconocido por el zigzagueante camino de montaña; me confesó sus náuseas. Quizás en el viaje él pronunció el nombre del bar, quizás les habló a mis coterráneos de mí en este verde enclave del trópico y ellos se vieron en la buena obligación de devolver favores, de hacernos quedar bien. Algunas veces la imaginación se conecta, se confunde o se camufla con la realidad de manera misteriosa.

Leyendo más pude confirmarlos reanimados, mientras se internaban en la siempre atractiva, vieja y desconocida ciudad nocturna, buscando el nombre y la dirección de ese bar de locales empedernidos, y por eso mismo muy turístico al final, pero no logré saber lo que allí hablaron, porque el texto solo decía que hablaron de mí.

Entre sus párrafos finales, intuyendo e interpretando, logré seguirle los pasos mientras bajaba por alguna de esas diagonales que conectan Nueva Córdoba con el Centro, un poco desorientado y sorprendido por la cantidad de grupos de muchachas bonitas que se cruzaban como si nada con él, abriendo la puerta del bar que yo le apunté, sentado en una gran mesa, desde donde afirmaba que había muchos amigos míos, y el mismo dueño del bar. Es todo, no he vuelto a saber nada más de aquel viaje ni de Pablito.

 

El viaje de Pablito

La muerte increíble del tío Juan Elias

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Al tío Juan Elías lo vi una sola vez y esa es la única y mejor imagen que conservaré de él, ahora que está más en entre dichos que nunca, en la unidad coronaria de un hospital viejisimo de San José. Y qué curiosas que resultan muchas veces las cosas, porque era muy cerca de ese hospital donde lo conocí, en mi primer diciembre en Costa Rica, en un bailongo popular en el Parque Morazán. Entrado en años pero erguido, ojos claros hollywoodenses, pelo blanco, alto como los hombres de antes, llevando con buen paso a una mujer mucho más joven que él.  

Tíos así debería uno tener en esta vida, pienso hoy, ya que era muy joven para pensarlo entonces; la edad de una hormiga tenía al lado de él, que parecía haber vivido dos o tres veces versionada su propia vida. Por eso, a pesar de haberlo visto una sola vez, lo recuerdo tan bien, nítido sobre el fondo luminoso de aquella tarde, como desde la visión idealizada de un buen bebedor después del primer par de tragos.

Una tías, hermanas de él, a quienes no podré comentar por mi falta de esmero, lo mataron ayer, que no pasa la noche, dijeron ellas. Qué no pasa la noche, me repetí. Esa frase sí que le haría gracia al tío Juan Elias. Escuchar una frase como esa, después de tantas noches pasadas al derecho y al revés, de atrás para adelante, del principio al final, del final al principio, de una noche a otra, porque no, también.

Le dieron dos infartos consecutivos, dos, y cuando me lo contaron no pude evitar regresarme metafísicamente a ese único encuentro, a esas dos o tres palabras que me dijo, una especie de felicitación cordial y amigable, que para él yo debí entender muy cifradamente, porque las deslizó junto a un gesto caballeroso, fugaz, y se fue.

Hace años de esto, y si el tiempo ha pasado demasiado rápido acaso pueda retener aquel encuentro furtivo un momento más: verlo cruzar al sesgo la multitud, interceptarlo, intercambiar aquel saludo con tanto choque generacional, con tanta música y gente alrededor, con tanto no saber del destino.

Afortunadamente ha entrado un mensaje a un teléfono cercano. El mensaje podría decir, a pesar de los cuchicheos nefastos que no alcanzo a descifrar, que el tío Juan Elías vive, que lo han operado, que se ha despertado y abiertos los ojos, que ha reconocido a un hermano que vino del campo a verlo; que podríamos encontrarlo a fin de año bailando en el Morazán. Cosas como esas pudiera haber dicho el mensaje, si no hubiera muerto.

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El tipo de la moto

Biker on a motorcycle

No importa que tan fría, lluviosa, oscura o solitaria se vea una noche, el tipo de la moto siempre pasa por una calle que da a la parte de atrás de mi casa, una calle que no puedo ver en su totalidad porque está parcialmente tapada por casas, sus patios, árboles de papaya y mango, ardillas, mariposas, colibríes, enredaderas, iguanas y pájaros dormidos, entrelazados todos en esa naturaleza imponente que en cualquier parte le gana a la ciudad en Costa Rica. Sin embargo, no puede tapar el sonido ronco de la moto que entra a sus anchas por las dos ventanas que mi cuarto tiene hacia esa dirección.

Es una moto de motor cuatro tiempos, soy escritor pero no soy solo eso, como nadie, como todos, y puedo hacer esa elemental discriminación del mundo de la mecánica. El sonido más pastoso, rítmico y pesado del motor de una moto de 4 tiempos es inconfundible. Lo escucho desde atrás, como viniendo de un fondo, del fondo mismo de la noche supongo. Lo siento  avanzar hasta hacerse tan presente como algo material entre nosotros, que estamos en el cuarto, intentando dormir a Julia. A esa hora Julia lucha por conciliar el sueño y no importa cuan despierta o dormida esté, siempre abre sobresaltada su par de ojazos azules cuando escucha el sonido del tipo de la moto.

¿Y si es mujer?,  me  pregunté una noche aterrado por mi sesgo. No me lo creo, tiene esas regularidades y sobresaltos tan propios de un hombre. Noches de aceleración eufórica, noches de capa caída, la misma hora de animal prehistórico siempre.

Tiene un trabajo estable y rutinario de seguro el tipo de la moto. No falla, alrededor de las 11:30, lo que es muy tarde para los trópicos donde oscurece invariablemente a las 5:30. Es tan regular que a veces creo poder escucharlo antes de llegar.

No he soñado con él, cosa que lamento, aunque tal vez no he necesitado hacerlo porque tengo mil imágenes recortadas de las noches que lo escucho pasar. Un tipo duro, con la cara maltratada por el viento, un tipo enclenque encapuchado en mil abrigos, un muchacho inocente y trabajador, un joven estudiante…

Una noche estaba durmiendo a Julia y el sonido de la moto hizo que me acordara de los hombres de la basura que escuchaba a las 3 de la mañana en los insomnios de mi verano en Madrid. El tipo de la moto, en cambio, es una marca de mi noctambulidad en San José. Nada más que ahora tengo una hija y estoy intentando dormir y ya no quedarme en vela para pescar las ideas raras de la noche.

Sin embargo, he llegado a pensar en salir una noche y apostarme detrás de los árboles de la esquina para verlo,  una idea que pendula desde el extremo de una lucidez pretenciosa al de la máxima estupidez de mi cabeza. ¿Debería hacerlo?

Hoy es viernes y a Julia le cuesta reconocer que tiene sueño y debe dormir; mal lo pienso, es que ni siquiera ella sabe que eso es lo que le pasa, ni siquiera lo sabemos muchas veces los adultos, como yo en mis temporadas de insomnio.

El tipo de la moto ha pasado con un leve retraso, aunque dentro del rango, 11:40, con bastantes bríos ya que la semana se termina, y por eso tal vez también me ha hecho reflexionar, me ha hecho pensar en que él es esa barrera imaginaria que separa la vigilia del sueño, ese ronroneo que apenas va llegando pasa, y me ha hecho pensar en que todo esto no es sobre una moto, ni sobre un sonido medio incomprensible y molesto, ni sobre un tipo; aunque sí tiene algo de motociclistico, de cíclico, de recurrente, de funcionamiento circular.

Escuchen, ahí está pasando otra vez, me parece que en sentido inverso. No estoy seguro, es que nunca lo había escuchado regresar. Bueno, se habrá olvidado algo el tipo de la moto.

 

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